Josefina, sin embargo, fue tajante: —Tienes que proteger a mi abuela, no permitas que nadie le haga daño. Pediré que otros guardaespaldas me acompañen.
Felipe no estaba nada tranquilo. —Pero...
—Descuida, no pasará nada —el tono de Josefina era relajado. Benjamín se lo había asegurado: la gente de Filo de Ala no intentaría hacerle daño a corto plazo.
Además, considerando que el mismísimo líder de la organización estaba en la ciudad, las probabilidades de un ataque eran nulas.
Por el momento, estaba a salvo.
Felipe finalmente cedió. —Entendido.
Josefina entonces solicitó a otros dos guardaespaldas: uno para conducir y otro para ir en el asiento del copiloto, vigilando el entorno. Nunca estaba de más ser precavida.
Afortunadamente, el trayecto transcurrió sin incidentes. Al llegar a los Apartamentos Lago Azul, le envió un mensaje a Felipe para que estuviera tranquilo.
Inmediatamente después, tocó la puerta de Silvia.
Al poco tiempo la puerta se abrió, revelando a una Silvia envuelta hasta el cuello en ropa, con el rostro empapado en lágrimas. Al ver a Josefina, le tembló el labio inferior y rompió en llanto.
—¡Jose!
Josefina entró, la abrazó con fuerza y le preguntó con dulzura: —¿Qué pasó, hermosa? ¿Qué tienes?
Silvia se aferró a ella, llorando a mares. Le tomó un buen rato lograr estabilizarse.
Se quitó la enorme capucha de la sudadera que llevaba puesta. Tenía la cara hinchada y roja. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, entre sollozos, confesó: —Ayer... volví a ir a una cita a ciegas. Pero el tipo resultó ser un idiota integral. Me dio tanta rabia y frustración que me fui a un bar a tomar. Luego, me emborraché y... terminé en un hotel con un desconocido...
Josefina la escuchó con una mirada cargada de complejidad. Por un momento, no supo qué decirle.
—¿Y te acuerdas de cómo era el hombre? —preguntó con cautela.
Silvia asintió. —Era muy guapo. Tenía unos ojos azules impresionantes, creo que era extranjero. Súper alto... Y además... fue un desastre en la cama, pésimo, me dolió muchísimo...
El rostro de Josefina se quedó en blanco.
El rostro de Silvia palideció. —¿Tan grave puede ser?
Josefina no suavizó el golpe: —Por el bien de tu salud, es algo que tienes que hacer.
Tomó aire y soltó la última pregunta: —¿Vas a denunciarlo a la policía?
Silvia se quedó dudando por un buen rato antes de suspirar. —Si es extranjero... ¿servirá de algo llamar a la policía?
No. No serviría.
No solo era extranjero, era el líder de una red de mercenarios. Un hombre despiadado, impredecible y con un trasfondo oscuro e inalcanzable.
Al ver el silencio de su amiga, Silvia esbozó una sonrisa amarga. —Déjalo así. Hagamos de cuenta que me mordió un perro callejero y ya.
Agarró las manos de Josefina con fuerza. —Jose, acompáñame a la clínica, por favor. No me atrevo a ir sola, tengo mucho miedo.

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