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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 448

Al escuchar cómo la llamaba, Benjamín arqueó levemente las cejas. —Lo haré lo antes posible.

Y sin darle tiempo a responder, cortó la llamada.

—¡Maldita sea!

Federico guardó el teléfono con el rostro desfigurado por la rabia. Sentía que Benjamín se estaba burlando de él, ¡pero no tenía cómo probarlo!

Se encontraba de pie frente a la entrada del mismo bar de aquella noche. Sus intensos ojos azules escrutaban a cada chica que entraba y salía, buscando desesperadamente a la mujer que había logrado acelerarle el corazón y dispararle la adrenalina de esa manera.

El sabor de aquella noche había sido simplemente alucinante. Aún lo recordaba, y cada vez que pensaba en ello, ¡sentía una frustración insoportable!

Él nunca antes se había involucrado en esas cosas, le parecía sucio. Ver a otros organizando fiestas desenfrenadas con tres o hasta más de diez personas al mismo tiempo le daba tantas náuseas que quería vomitar.

Además, aquella mujer le había dicho una vez que no se debía lastimar a las chicas a la ligera, y que si por accidente lo hacía, debía hacerse responsable de ella.

¡Él no había lastimado a ninguna chica! Fue esa chica la que lo lastimó a él y luego huyó sin hacerse responsable.

Federico estaba furioso. Su rostro guapo y de facciones marcadas irradiaba un aura gélida. Era alto, con unos ojos color azul profundo; simplemente estando ahí de pie, parecía sacado de la portada de una revista.

Varias chicas se acercaron a coquetearle, pero él las echó a todas con evidente fastidio.

Después de estar parado ahí hasta las cinco de la mañana, regresó al hotel profundamente decepcionado.

...

Cuando Josefina abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba acostada en el sofá. Se quedó atónita por un instante y, al voltear, vio a Benjamín sentado en una silla junto a la cama del hospital, revisando su celular.

Se incorporó y le preguntó, extrañada: —¿No dormiste en toda la noche?

Benjamín la miró, con una suave sonrisa asomándose en sus ojos. —Jose, ¿te estás preocupando por mí?

Josefina no supo qué decir.

Realmente sentía que era una pérdida de tiempo dirigirle la palabra.

Fue al baño a asearse y, al salir, traía un pequeño tazón con agua y una toalla apoyada en el borde. Con mucha delicadeza, comenzó a lavar el rostro y el cuerpo de su abuela.

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