Josefina la observó con total indiferencia y le preguntó: —¿Por qué no te fuiste al extranjero?
—¡¿Por qué tendría que irme?! —Los ojos de Magdalena estaban inyectados en sangre—. ¡Yo no hice nada malo! ¡¿Por qué soy la única que termina pagando por todo?!
En el rostro de Josefina apareció un claro gesto de confusión. —Pero, ¿de qué te servía quedarte?
Magdalena la fulminó con una mirada llena de odio. Sus labios temblaron, pero no dijo ni una palabra más.
—Vámonos —ordenó Benjamín.
De inmediato, Magdalena se giró hacia él. —¡Eres un malagradecido! ¡Yo te salvé la vida en su momento y así es como me lo pagas! ¡Te vas a pudrir en el infierno!
Benjamín le dirigió una mirada cargada de repulsión y desprecio, la ignoró por completo y se dio la vuelta para marcharse.
—¡Benjamín!
Al verse ignorada, la rabia se apoderó de Magdalena y soltó un grito histérico que de nada sirvió.
Una vez en el auto, Josefina dejó escapar un largo suspiro.
Habían encontrado a Magdalena. ¡Su abuela por fin podría salvarse!
Sin embargo, el alivio no duró más que un segundo antes de que una pesada inquietud se instalara en su pecho.
¿Por qué Emiliano había hecho todo esto?
¿Qué objetivo perseguía realmente?
¿Estaba aliado con la persona que pagó a los mercenarios para matarla?
Josefina no lograba encontrar respuestas y, frustrada, giró la cabeza para mirar por la ventana.
Benjamín notó su expresión y le preguntó: —¿En qué estás pensando?
—En nada —respondió ella.
Él sabía perfectamente que eso era mentira; su rostro reflejaba una tormenta de pensamientos, solo que ella no quería compartirlos con él.
Benjamín bajó la mirada ligeramente y disimuló su expresión.
El vehículo avanzaba de regreso hacia la ciudad. Magdalena iba retenida en el auto que venía detrás del de ellos.
Estaban a punto de llegar al hospital cuando, de repente, sonó el celular de Benjamín.
Secuestrado justo en este momento tan crítico...
La voz de Josefina salió áspera cuando habló: —Ve tú, yo llevaré a Magdalena al hospital.
Benjamín le tomó la mano. —Quien lo hizo exigió que ustedes dos también vayan.
Luego, respiró hondo y agregó: —Jose, rescataremos a Alberto y luego iremos al hospital.
Los labios de Josefina temblaron y su voz salió rota: —¿Y mi abuela qué?
El ambiente dentro del auto se volvió asfixiante.
Por un lado estaba la persona más importante en la vida de Josefina; por el otro, el único hijo que había dejado Diego. La cara de Benjamín era un poema de gravedad y sufrimiento.
Después de lo que pareció una eternidad, él habló con voz ronca: —Yo las protegeré.
Pero Josefina respondió de inmediato: —Quien nos citó claramente tenía todo planeado. Incluso sabía que tú ya habías encontrado a Magdalena...
Antes de que pudiera terminar la frase, el rostro de Emiliano apareció en su mente.
Toda su extraña actitud de la noche anterior encajaba a la perfección con lo que estaba sucediendo.

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