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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 453

Benjamín nunca daba un paso en falso. Durante el trayecto, ya había organizado toda la logística y posicionado a sus hombres. En el instante en que Emiliano asomara la cabeza, el francotirador oculto en las sombras apuntaría directo a su cráneo.

El objetivo real de Emiliano era Josefina. Ya había orquestado más de un intento de asesinato en su contra, y habiendo conseguido por fin una oportunidad como esta, no la dejaría escapar tan fácilmente.

Emiliano levantó levemente la vista. Parecía plenamente consciente de que lo tenían en la mira, pero no mostró ni una pizca de miedo. Simplemente esbozó una sonrisa relajada y dijo:

—El interruptor principal lo tiene otra persona. Si algo me pasa, lo presionará de inmediato y este niño caerá directo para convertirse en un alfiletero humano.

Señaló hacia el techo, donde Alberto colgaba a gran altura, y sus labios se curvaron en una sonrisa sedienta de sangre.

—Benjamín, ¿estás seguro de tu decisión?

—¡Benjamín, Benjamín, te lo suplico! ¡Tienes que salvar a Alberto! ¡Es el único hijo de tu hermano Diego! Él dio todo por ti, ¡fue él quien subió a ese avión en tu lugar! ¡Si no fuera por él, el muerto serías tú! Por favor, por el sacrificio que hizo al dar su vida por la tuya, salva a su única sangre, ¡te lo ruego!

Magdalena no paraba de suplicar, llorando a gritos, con el rostro bañado en lágrimas mientras miraba desesperadamente a Benjamín.

El cuerpecito del niño colgaba en el vacío. Abajo, las despiadadas placas de acero y sus afiladas púas esperaban. Su destino pendía, literalmente, de un hilo muy delgado.

Alberto estaba tan aterrorizado que se había quedado pasmado. Miraba todo con los ojos vacíos; ni siquiera le quedaban fuerzas para llorar.

—¡Benjamín, te lo ruego! Si salvas a Alberto, haré cualquier cosa, ¡incluso daré mi propia vida si me lo pides! —seguía rogando Magdalena con desesperación.

El llanto de la mujer rebotaba contra las paredes de la inmensa fábrica vacía.

Josefina sintió que la sangre se le helaba en las venas. Miró a Emiliano, que parecía estar disfrutando el momento, y le preguntó de frente:

—Aunque tenga que ser así, merezco saber la verdad antes de morir. ¿Quién te contrató para asesinarme?

Emiliano pareció pensarlo por un segundo y luego respondió:

—Qué lástima, pero no puedo. Como aún no estás muerta, no te puedo contar nada.

Josefina esbozó una sonrisa amarga.

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