Josefina volvió a comer muy poco aquella noche. En cuanto regresaron a Residencial Valle Niebla, Benjamín se dirigió de inmediato hacia la cocina.
Ella se quedó revisando los mensajes de su teléfono; varias personas de su círculo le habían escrito para preguntarle cómo estaba.
Entre todos esos mensajes, estaba el de Manuel.
Manuel: [Josefina, ¿cómo has estado últimamente? Vi en las noticias lo que le ocurrió al Grupo León. Espero que no te haya afectado demasiado.]
Josefina: [Todo bien, no me pasó nada. Gracias por preocuparte, Manu.]
Manuel: [¿Por qué te pones tan formal conmigo? ¿Acaso no somos amigos?]
Manuel: [No sé si es idea mía, pero siento que últimamente nos hemos distanciado un poco. Llevas mucho tiempo sin darte una vuelta por Residencial Las Jacarandas.]
Manuel: [Josefina, si en algo me equivoqué contigo, preferiría que me lo dijeras de frente. No quisiera que hubiera malentendidos entre nosotros.]
¿Malentendidos?
Pero cuando atraparon a aquel sujeto, él había confesado con total claridad. Él había sido el que dio la orden.
Y ahora venía con el cuento de los "malentendidos"...
Después de todo lo que había pasado, Josefina ya no se atrevía a confiar a la ligera en nadie.
Lo pensó detenidamente por un buen rato antes de escribir su respuesta.
Josefina: [Para nada, Manu. Solo es un malentendido tuyo. Es que he estado muy ocupada con mi abuela; ha estado delicada de salud últimamente y la he estado cuidando.]
Manuel: [¿En qué hospital está internada? Me gustaría ir a visitarla. Sabes que a tu abuela siempre le ha gustado platicar conmigo; tal vez si voy a hacerle compañía se anime un poco.]
Josefina: [Ya le dieron el alta. Quería estar en un entorno familiar, así que ya la traje a casa.]
Manuel: [Ya veo. Qué lástima no haber podido acompañarla en el hospital.]
Josefina: [Ya habrá otras ocasiones para que nos veamos.]
Manuel: [De acuerdo, no te interrumpo más. Buenas noches.]
Josefina: [Buenas noches.]
"..."
Dejó el teléfono a un lado y se quedó pensando en cuál sería su siguiente movimiento.
¡Toc, toc!
Era un platillo simple y casero, pero cada grano de arroz estaba perfectamente cubierto de huevo, dándole un tono dorado que, mezclado con los cubitos de zanahoria, el jamón picado y el cebollín finamente rebanado, lo hacía lucir increíblemente apetitoso.
El estómago de Josefina la traicionó gruñendo un par de veces.
Ella guardó silencio por un momento antes de tomar la cuchara y comenzar a comer sin decir una palabra.
Benjamín la observó de reojo y luego soltó: —Emiliano sigue sin confesar. Dijo que quiere verte.
Las largas pestañas de Josefina temblaron levemente. —¿Crees que me diga la verdad si me presento ante él?
—Lo más probable es que no.
El tono de Benjamín adquirió un repentino matiz de frialdad. —Seguramente todavía está pensando en cómo matarte.
Josefina replicó: —Con mucha más razón no debería ir a verlo.
Pero Benjamín la miró fijamente. —Claro que debes ir. Y de paso, nos servirá para que practiques tu puntería.
Al oír eso, ella se quedó paralizada y clavó su mirada cristalina y asombrada en él.
Y entonces le escuchó decir: —¿Acaso no quieres vengarte?

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