—¿Te vas a vengar de todos los que lastimaron a tu abuela, pero vas a dejar pasar por alto a quien intentó matarte en repetidas ocasiones?
La noche en el exterior era densa, y el ambiente en el comedor se sentía pesado y helado. La voz profunda y magnética de Benjamín cargaba una frialdad penetrante; sus oscuros ojos la escrutaban, desenterrando en su memoria todas esas veces donde su vida había pendido de un hilo.
Las largas pestañas de Josefina temblaron. Al recordar las veces que estuvo al borde de la muerte, y al pensar en la hipocresía y crueldad sin límites de Emiliano, sintió que, en efecto, necesitaba cobrar venganza por todo aquello.
Lo miró a los ojos y asintió. —De acuerdo, haré lo que dices.
Los delgados labios de Benjamín se curvaron en una leve y sutil sonrisa, y un destello de admiración cruzó por su profunda mirada. —Tienes que aprender a protegerte, pero también tienes que aprender a contraatacar, a cobrarte lo que te hacen, a infundir terror en tus enemigos. Solo así lograrás posicionarte en un lugar donde nadie vuelva a amenazarte jamás.
Así que hacerse fuerte no era ni de lejos suficiente.
Los enemigos de Josefina aún permanecían en las sombras, todavía le quedaba mucho por hacer.
Asintió lentamente, terminó por completo su plato de arroz frito, se lavó los dientes y se recostó en su cama, reflexionando sobre sus próximos movimientos.
Y en ese preciso instante, Benjamín entró a su habitación sin molestarse en llamar a la puerta.
Ella lo fulminó con la mirada. —¿Y ahora por qué no tocaste?
—Vine a cobrar mi pago por las clases.
Benjamín llevaba puesta una bata de baño color gris oscuro, con el cabello corto algo alborotado. Bajo la luz tenue de la habitación, sus facciones lucían increíblemente atractivas. La miraba fijamente, sus oscuros ojos brillaban con una intención inconfundible.
Josefina se quedó sin palabras. "..."
En cuanto él la envolvió con su presencia y su aroma, comprendió perfectamente a qué se refería con "cobrar su pago".
Pasada la medianoche, con la respiración entrecortada y temblorosa, ella murmuró: —Ya van cinco veces.
—Mhm, y aún quedan otras cinco para este mes.
Benjamín depositaba besos húmedos en su hombro y su espalda, con la voz notablemente enronquecida.
Josefina cerró los ojos con fuerza y suspiró. —No es justo.
—¿Mhm?
Pero la abuela se giró hacia Josefina y, sin pelos en la lengua, le aconsejó: —Cuando logres divorciarte de él, exígele que te entregue esta casa.
Josefina soltó una carcajada genuina. Adoraba la forma tan directa y sin filtros que la abuela tenía para expresarse ahora.
—¡Claro que sí! Le quitaré la casa y nos vendremos a vivir las dos solitas.
La anciana procesó la idea con lentitud y, segundos después, asintió enérgica. —¡Eso, mi niña!
Benjamín se quedó callado. "..."
Desde ese día, Josefina comenzó a entrenar su cuerpo a diario para mejorar su resistencia física. Fue hasta más tarde que descubrió el gran secreto de la mansión: ¡el inmenso sótano estaba habilitado como un campo de tiro profesional! Tenía una insonorización tan perfecta que nunca se dio cuenta de todas las veces que Benjamín había practicado ahí en el pasado.
Miró el impresionante salón de tiro frente a ella y luego miró de reojo al hombre a su lado, invadida por una repentina sensación de extrañeza.
Llevaban ocho años juntos, pero se daba cuenta de que, en realidad, nunca terminó de conocerlo por completo.
Benjamín abrió un estuche de metal y extrajo una sofisticada y compacta pistola de color negro brillante para entregársela. —El peso y el tamaño de esta arma son perfectos para tus manos. Vamos, inténtalo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...