Benjamín estiró el brazo justo a tiempo y la sostuvo con firmeza.
Josefina preguntó angustiada: —Abuela, ¿estás bien?
La abuela se quedó con la mirada vacía por unos segundos antes de negar con la cabeza. —No es nada, no es nada... es que ya no tengo fuerzas, llevo demasiado tiempo en esa cama...
Incluso le dedicó a Josefina una pequeña sonrisa para tranquilizarla.
Josefina bajó la mirada a toda prisa, ocultando sus emociones, y la sostuvo con cuidado mientras daban pequeños pasos, yendo y viniendo dentro de la habitación del hospital.
Tras dar apenas un par de vueltas, la anciana ya estaba agotada; su rostro incluso había perdido algo de color.
—Estoy cansada... muy cansada...
Josefina la ayudó a sentarse y a recostarse contra la cabecera de la cama antes de preguntarle: —¿Se te antoja algo de comer?
La abuela miró al vacío, sus ojos luciendo más opacos y turbios que de costumbre. Tardó un buen rato antes de murmurar: —Una sopita... quiero una sopita de fideos.
Josefina asintió con ternura. —Claro que sí.
Fue entonces cuando Benjamín intervino: —Abuela, en unos días te darán el alta. ¿Te gustaría venir a vivir con nosotros a Residencial Valle Niebla? La casa es enorme, podrás sembrar tus propias flores, tener tu huerto y hasta criar perros o gatos si quieres.
Al escucharlo, Josefina se giró de inmediato hacia él, frunciendo el ceño.
¿Cómo se atrevía a proponerle eso justo ahora? La abuela ya sabía que estaban en trámites de divorcio, ¿y él sugería llevársela a vivir a su casa en este momento? ¿Qué pensaría ella de todo esto?
Benjamín, sin embargo, ni siquiera la miró. Sus ojos seguían fijos en la anciana, acompañados de una sonrisa cálida.
La abuela reaccionó con su habitual lentitud, y tras unos segundos de silencio, asintió. —Me parece muy bien.
Esa respuesta dejó a ambos, a Benjamín y a Josefina, completamente pasmados. ¡Ninguno de los dos esperaba que la anciana aceptara con tanta facilidad!
—Jose, mi niña... —La abuela le tomó la mano de pronto, con una mirada rebosante de cariño—. ¿Es que ya no tienen pensado divorciarse? Si ya no quieren separarse, entonces déjenlo así. Vivan su matrimonio en paz y con tranquilidad.
El rostro de Josefina se paralizó.
Por el contrario, los labios de Benjamín se curvaron en una ligerísima sonrisa, evidenciando su inmensa satisfacción.
Pero entonces, la abuela continuó diciendo con absoluta naturalidad: —De todos modos, como el muchacho no te quiere firmar los papeles, sigan viviendo juntos por el momento. Ya cuando encuentres a un buen hombre que valga la pena, le metes una demanda y te divorcias de él.
Josefina se quedó de una sola pieza. De inmediato se dio la vuelta, tomando una respiración profunda para contener las lágrimas y estabilizar sus emociones.
¡Por fin había comprendido! ¡La abuela estaba recordando a Jimena cuando era una niña pequeña!
Durante todos estos días... ¿se la había pasado preguntándose por qué su propia hija había intentado asesinarla?
Pero, ¿cómo podría su mente procesar semejante traición?
El corazón de Josefina se encogió por completo, sintiendo una opresión tan fuerte en el pecho que casi le cortaba la respiración. Le dolía como si se lo estuvieran estrujando.
Se esforzó por esbozar una sonrisa y, dándose la vuelta, le dijo: —Abuela, cómete esta por ahora. Cuando te den el alta, yo misma te prepararé tu sopita con huevo.
La anciana siguió mirando el tazón con los ojos perdidos y, después de un buen rato, por fin tomó la cuchara y comenzó a comer.
La atmósfera dentro de la habitación del hospital se volvió pesada y lúgubre.
A un lado, Benjamín la observaba en silencio. Al ver el dolor y la inmensa tristeza reflejados en los ojos de Josefina, sintió que su propio corazón se llenaba de amargura.

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