Federico seguía clavando su mirada furiosa en Cristóbal.
Estaba atrapado en Santa Aurelia. A primera vista, parecía que Benjamín lo trataba como a un invitado de honor, ofreciéndole los mejores lujos, pero la realidad era que no le permitía salir, considerándolo un riesgo constante.
Y mientras él estuviera allí, sus mercenarios no se atreverían a actuar. Un solo movimiento en falso y a él le cortarían el cuello sin dudarlo.
Básicamente, en ese lugar, no era nadie.
Le había suplicado a Benjamín que lo ayudara a rastrear a la chica, prometiéndole montañas de favores y beneficios a cambio.
¡Pero se negaban a ayudarlo!
Y ahora, estaba completamente seguro de que ellos sabían perfectamente quién era ella y dónde estaba. ¡Simplemente no querían decírselo!
¡Le estaban viendo la cara de idiota!
¡Qué grupo de infelices!
¡Quería matarlos a todos!
Los ojos azules de Federico ardían con una malicia y una locura desbordantes. Sin embargo, no era un novato; sabía exactamente en qué posición se encontraba, así que tragó saliva y reprimió sus instintos homicidas.
Se giró hacia Benjamín, y su expresión se tornó más oscura y amenazante que nunca. "Más te vale que cumplas tu palabra, porque si no... tu querida esposa podría amanecer muerta cualquier día de estos".
¡Ya no le creía ni una sola palabra a Benjamín!
¡Su única salida era usar las amenazas para conseguir lo que quería!
Los ojos oscuros de Benjamín se entrecerraron con una frialdad letal. Con un tono que helaba la sangre, respondió: "Encontraré a la persona y te la pondré en bandeja de plata".
Federico se dejó caer de nuevo en el sofá, perdiendo por completo el interés en el prisionero. Una nube de oscuridad lo envolvía, como si fuera un psicópata a un segundo de perder totalmente la cordura.
Por otro lado, Leandro había cruzado el límite. Estaba completamente borracho y se había quedado dormido sobre la mesa.
Benjamín les hizo una seña a sus hombres para que se llevaran a Leandro de inmediato. Luego, miró a Cristóbal y le ordenó: "Tú también puedes retirarte por hoy".
Cristóbal asintió rápidamente. "De acuerdo. Me marcho. Cualquier cosa, solo deme una llamada".
"Mm".
En cuestión de segundos, la sala VIP quedó en un tenso silencio.
Benjamín se acercó a Josefina. A pesar de que la máscara cubría parte de su rostro, era evidente que la joven estaba nerviosa y ansiosa.
Sintió que le hervía la sangre de pura frustración, pero se mantuvo firme. "Como sea, mi respuesta es no. Pide otra cosa".
Benjamín soltó una risa baja y seductora. "Tres rondas".
Josefina: "..."
Todavía dudaba.
La voz de Benjamín se volvió más grave, casi como un susurro al oído. "Dos rondas, y es mi última oferta".
Ella cerró los ojos, derrotada. "¡Trato hecho!"
Benjamín la tomó de la mano, la levantó del sofá y se dirigieron hacia la puerta.
De repente, la voz sombría de Federico resonó a sus espaldas: "Tienen siete días. Si en siete días no tengo toda la información sobre la chica de mi primera vez, entonces..."
Benjamín se giró y lo miró con una frialdad absoluta en sus ojos oscuros. "Entonces muérete".
¡El rostro de Federico se contorsionó de pura rabia!
Cuando finalmente se quedaron solos, pateó la mesa con furia, volcándola, y comenzó a destrozar todo a su paso dentro de la sala VIP, liberando toda la frustración que lo estaba consumiendo.

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