Luisa abrió la puerta y, al ver a Benjamín de pie frente a ella, abrió los ojos de par en par, totalmente conmocionada. Su corazón comenzó a latir a mil por hora, un ligero rubor tiñó su pálido rostro y los dedos con los que sostenía el borde de la puerta se apretaron por el nerviosismo. Sentía una mezcla de ansiedad y, en el fondo, una pequeña y secreta ilusión.
Era muy tarde y él la había ido a buscar por iniciativa propia.
—Señor Gutiérrez, ¿se le ofrece algo? —preguntó Luisa, esforzándose por controlar sus emociones y ocultar lo que realmente sentía.
—Sal.
El tono de Benjamín era gélido. Mantenía su distancia y ni siquiera se detuvo a mirarla a la cara antes de darse la vuelta para salir al pasillo.
Luisa lo siguió, levantando la vista para admirar su espalda ancha y elegante. El hombre llevaba una camisa negra, caminaba con una mano en el bolsillo y emanaba un aura de nobleza y frialdad tan imponente que hizo que el corazón de la chica diera un vuelco incontrolable.
¿Qué iba a hacer?
Sentía que cada día le gustaba más.
Luisa bajó la mirada a toda prisa y respiró hondo un par de veces para calmarse. Debía ocultar sus sentimientos a toda costa; él no podía darse cuenta.
Él aún no estaba divorciado y ella no podía convertirse en la tercera en discordia en una relación. Además, Josefina siempre la había tratado muy bien; no podía hacerle algo tan despreciable.
Al llegar al área de descanso en la planta baja, Benjamín se sentó en el sofá. Miró fijamente a Luisa, que se había quedado de pie a una distancia prudente, y le preguntó con voz profunda: —¿Qué hicieron en el hotel?
La pregunta la tomó por sorpresa. Por un momento se quedó paralizada, sin entender a qué se refería.
Instintivamente levantó la vista hacia él, pero al chocar con esos fríos y oscuros ojos, la bajó rápidamente, tartamudeando: —Es... es que mi ropa se manchó, y Josefina me llevó ahí para que pudiera arreglarme.
Al escucharla, Benjamín soltó una risa seca.
Qué conmovedora hermandad. Esa chica incluso estaba intentando cubrirle la espalda a Josefina.
El hombre endureció su tono: —Si estoy aquí preguntándote esto, es porque ya sé que ambas fueron a una farmacia. Sé perfectamente qué fue lo que compraron, así que respóndeme con la verdad. De lo contrario, puedes agarrar tus cosas y marcharte ahora mismo.
El corazón de Luisa se encogió y su rostro perdió todo el color. ¡Este hombre era tan apuesto como peligroso!
La última pizca de esperanza en el corazón de Benjamín terminó de romperse en mil pedazos.
Ella no le había mentido.
Realmente no estaba embarazada.
Benjamín subió las escaleras en completo silencio y desapareció al final del pasillo.
Luisa sintió cómo la presión asfixiante se desvanecía en el aire. Dejó escapar un largo suspiro y regresó a su habitación, totalmente decaída.
Al acostarse en la cama, se quedó mirando al techo, absorta en sus pensamientos.
¿Qué iba a hacer?
¿Cómo se suponía que iba a controlar lo mucho que él le gustaba?

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