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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 510

Luisa abrió la puerta y, al ver a Benjamín de pie frente a ella, abrió los ojos de par en par, totalmente conmocionada. Su corazón comenzó a latir a mil por hora, un ligero rubor tiñó su pálido rostro y los dedos con los que sostenía el borde de la puerta se apretaron por el nerviosismo. Sentía una mezcla de ansiedad y, en el fondo, una pequeña y secreta ilusión.

Era muy tarde y él la había ido a buscar por iniciativa propia.

—Señor Gutiérrez, ¿se le ofrece algo? —preguntó Luisa, esforzándose por controlar sus emociones y ocultar lo que realmente sentía.

—Sal.

El tono de Benjamín era gélido. Mantenía su distancia y ni siquiera se detuvo a mirarla a la cara antes de darse la vuelta para salir al pasillo.

Luisa lo siguió, levantando la vista para admirar su espalda ancha y elegante. El hombre llevaba una camisa negra, caminaba con una mano en el bolsillo y emanaba un aura de nobleza y frialdad tan imponente que hizo que el corazón de la chica diera un vuelco incontrolable.

¿Qué iba a hacer?

Sentía que cada día le gustaba más.

Luisa bajó la mirada a toda prisa y respiró hondo un par de veces para calmarse. Debía ocultar sus sentimientos a toda costa; él no podía darse cuenta.

Él aún no estaba divorciado y ella no podía convertirse en la tercera en discordia en una relación. Además, Josefina siempre la había tratado muy bien; no podía hacerle algo tan despreciable.

Al llegar al área de descanso en la planta baja, Benjamín se sentó en el sofá. Miró fijamente a Luisa, que se había quedado de pie a una distancia prudente, y le preguntó con voz profunda: —¿Qué hicieron en el hotel?

La pregunta la tomó por sorpresa. Por un momento se quedó paralizada, sin entender a qué se refería.

Instintivamente levantó la vista hacia él, pero al chocar con esos fríos y oscuros ojos, la bajó rápidamente, tartamudeando: —Es... es que mi ropa se manchó, y Josefina me llevó ahí para que pudiera arreglarme.

Al escucharla, Benjamín soltó una risa seca.

Qué conmovedora hermandad. Esa chica incluso estaba intentando cubrirle la espalda a Josefina.

El hombre endureció su tono: —Si estoy aquí preguntándote esto, es porque ya sé que ambas fueron a una farmacia. Sé perfectamente qué fue lo que compraron, así que respóndeme con la verdad. De lo contrario, puedes agarrar tus cosas y marcharte ahora mismo.

El corazón de Luisa se encogió y su rostro perdió todo el color. ¡Este hombre era tan apuesto como peligroso!

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