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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 532

Silvia apenas abrió una rendija de la puerta y miró a Benjamín con ojos suplicantes.

—Por favor, deja que Jose se quede conmigo esta noche. Tengo la cabeza hecha un desastre.

El rostro hermoso e imponente de Benjamín no mostró la más mínima compasión.

—Que ella se quede contigo no va a cambiar la realidad.

Silvia se quedó sin palabras.

¡Qué hombre tan frío y despiadado!

Haciendo un puchero, Silvia miró a Josefina con los ojos cristalizados por las lágrimas contenidas, luciendo como un perrito abandonado.

A Josefina se le ablandó el corazón. Volteó a ver a Benjamín y le dijo sin titubear:

—Me voy a quedar a dormir aquí hoy.

Benjamín se limitó a observarla con frialdad, sin emitir sonido.

Ella se acercó y le murmuró en voz baja:

—Faltan diez días para que acabe el mes. ¿De verdad quieres gastarlo ahora?

Aún les quedaba una oportunidad pendiente.

Benjamín la miró fijamente y, de repente, se dio unos golpecitos en sus propios labios.

—Dame un beso y podrás quedarte aquí esta noche.

—¡Tú...!

Josefina frunció el ceño, incrédula de que se atreviera a pedirle algo así.

Él miró a Silvia con una media sonrisa burlona.

—¿Te parece que estoy pidiendo demasiado?

Silvia se quedó muda.

¿Qué se suponía que debía contestar a eso?

¡Ese manipulador de cuarta intentaba meter cizaña entre ella y Jose! ¡Era el colmo de la desfachatez!

Josefina tampoco sabía qué decir, pero, con tal de que se largara rápido, cerró los ojos y se inclinó hacia él.

Sus labios suaves rozaron los de él en un beso fugaz, ligero como el aleteo de una mariposa.

A Benjamín se le cortó la respiración por un milésimo de segundo, pero fiel a su palabra, dio media vuelta y se marchó.

En cuanto cerró la puerta, Silvia no pudo contenerse:

—Solo cosas del trabajo, abuela.

—¿Ya te pusiste en contacto con Jaime Ponce? ¿Has empezado a involucrarte en los asuntos de la empresa? —insistió la anciana.

Ante la mención, a Josefina le brillaron los ojos. Tomó las manos secas pero cálidas de su abuela y le confesó:

—Abuela, hay algo que todavía no te he contado.

La anciana tardó unos segundos en procesarlo.

—Dime, mi cielo.

Entonces, Josefina le explicó con detalle lo que había hecho con los papeles de la herencia y la notaría.

—Hasta que tu verdadera nieta regrese, yo solo seré la administradora temporal. En el momento en que ella vuelva, pondré todo a su nombre —dijo Josefina, regalándole una sonrisa cálida que hacía brillar sus ojos.

Pero la abuela frunció el ceño y su rostro se tornó muy serio.

—No, no. Eso no puede ser así.

—Abuela —insistió Josefina con ternura—. Sé cuánto me quieres y me has dado más que suficiente. Te aseguro que tendré una vida maravillosa, pero esas cosas... en el fondo, no me pertenecen.

La anciana se alteró un poco, tomándose su tiempo antes de responder:

—¡Ay, mi niña tonta! Lo que te doy es tuyo, ¿por qué tienes que ser tan cuadrada con eso? Para mí, tú eres mi única nieta y se acabó.

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