—¿Y Leandro? —preguntó Josefina—. ¿Qué vas a hacer con él?
—Hay muchos lugares adecuados para él —respondió Benjamín.
—Mhm. —Asintió levemente y caminó hacia la salida de la mansión.
Benjamín caminaba a su lado. A pesar de su paso pausado, lograba mantener su mismo ritmo sin esfuerzo.
Su mirada se posaba en ella una y otra vez, pero era imposible descifrar lo que pasaba por la mente de Josefina.
Tras un largo silencio, él soltó de repente:
—A tu cuerpo le gusto.
—¿Qué dices? —Josefina lo miró instintivamente, pero al procesar sus palabras, su rostro se volvió una máscara de hielo. Dio media vuelta y aceleró el paso.
Benjamín soltó una risa ronca, clavando la mirada en su espalda mientras su nuez de Adán subía y bajaba de forma cautivadora.
Si usar ciertas artimañas para que el cuerpo de ella se rindiera ante él era su única opción ahora, se aferraría a ello.
De pronto, el timbre de su celular rompió la tensión. Lo sacó de su bolsillo y vio el nombre en la pantalla: era Valentín.
—¿Bueno? —respondió.
Valentín sonaba extremadamente serio:
—Señor Gutiérrez, Federico ha desaparecido.
La ligera sonrisa en los labios de Benjamín se esfumó.
—¿Cómo que ha desaparecido?
—El personal del hotel fue a llevarle el almuerzo y la habitación estaba vacía. Hackearon las cámaras de seguridad. Mandé a nuestros hombres a buscarlo, pero no hay rastro de él —explicó Valentín.
Los ojos de Benjamín se oscurecieron. Federico se había esfumado en sus propias narices.
Era evidente que tenía cómplices, de lo contrario, jamás habría podido escapar.
—Búsquenlo con la mayor discreción. Tienen que encontrarlo —ordenó Benjamín con voz tajante.
Faltaba solo medio mes para la boda de Cristóbal y, durante ese tiempo, no podían permitirse ningún contratiempo.
Si algo salía mal, todo su plan se iría directo a la basura.

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