—Ay, abuela, no digas esas cosas. Si tu verdadera nieta te escuchara, juraría que te di agua de calzón para embrujarte —bromeó Josefina, fingiendo un tono muy serio.
Luego, volvió a sonreír abiertamente.
—El día que ella regrese, seremos como hermanas. Pero más te vale aprender a repartir tu cariño en partes iguales, porque si la consientes demasiado, me voy a poner muy celosa.
Lo decía en tono de broma, pero su verdadera intención era quitarle a la anciana esa carga de preocupación de encima.
Como todavía no estaba cien por ciento confirmado que Ariadna fuera su nieta biológica, Josefina no pensaba tocar ni un centavo de esos bienes.
Y si resultaba que Ariadna sí lo era, la decisión dependería de cómo tratara a la abuela.
Si le demostraba respeto y amor, Josefina podría considerar no destrozarle la vida.
Pero si se atrevía a tratarla mal... ¡no tendría ni una pizca de piedad con ella!
Por el momento, Josefina rogaba al cielo que Ariadna no fuera la verdadera nieta. Así se ahorraría el dolor de cabeza de tener que lidiar con semejante dilema.
Sin más, apoyó la cabeza sobre el regazo de la abuela, dejando que sus manos cálidas y curtidas le acariciaran el cabello con infinita ternura.
La anciana suspiró con pesadez.
—Ay, mi niña tonta.
¿Qué importaba si Josefina se quedaba con todo?
Se lo había entregado de todo corazón; ella tenía el derecho absoluto de hacer lo que le diera la gana con esa herencia.
Pero su chiquilla había elegido el camino de la rectitud.
¿Cómo no iba a dolerle el alma verla ser tan noble?
Sus padres la habían menospreciado toda su vida, luego descubrió que ni siquiera eran los de verdad, y para rematar, el canalla de su marido la había lastimado de mil formas distintas.
La habían dejado completamente sola en el mundo.
Ella, que alguna vez tuvo la promesa de una vida feliz.
Ahora, no le quedaba absolutamente nadie.
A la abuela se le hizo un nudo en la garganta. Su corazón se llenó de amargura; lo único que deseaba era poner el mundo entero a los pies de esta niña.
Ajena a los pensamientos melancólicos de la anciana, Josefina sentía que ese instante era mágico y perfecto.
Con los ojos cerrados y recostada en su regazo, dejaba que los rayos del sol las bañaran, envolviéndolas en un manto de calor.

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