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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 540

Silvia apretó con fuerza la tela de su vestido de novia. Saliendo de detrás de Cristóbal, comenzó a caminar lentamente hacia Federico.

Sabía que no tenía ningún derecho a negociar. Su única opción era obedecer.

—¡Silvia!

Sintió un agarre firme en su muñeca. Era la voz desesperada de Cristóbal.

Silvia, sin embargo, apartó su mano con suavidad y dijo:

—No puedo permitir que alguien salga herido por mi culpa.

Giró la cabeza y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Yo tampoco correré peligro, te lo aseguro. Quédate tranquilo.

Hizo una pausa y lo miró con profunda gratitud.

—Gracias por intentar ayudarme. De verdad, te lo agradezco de todo corazón.

Tras decir esto, se dio la vuelta y reanudó su marcha hacia Federico.

—¡Silvia!

Josefina intentó correr hacia ella, pero Benjamín la sujetó con fuerza, inmovilizándola.

—¡Suéltame! ¡Silvia no puede irse con él, le va a hacer daño! —Josefina estaba al borde de la histeria. La angustia no le permitía pensar con claridad, su único instinto era proteger a su amiga.

Benjamín la retuvo firmemente contra él, hablándole con voz baja y severa:

—¡Ese hombre está armado! Si te acercas, no dudará en dispararte. ¿Acaso quieres morir?

—Pero, ¿qué va a pasar con Silvia...? —lloró Josefina, dejando escapar las lágrimas de impotencia.

—Jose.

Silvia la miró y le dedicó una sonrisa amplia y tranquilizadora.

—No te preocupes por mí, estaré bien. Hasta podré ayudarte a ti también.

Incluso se atrevió a guiñarle un ojo a su amiga antes de detenerse finalmente frente a Federico.

Se paró directamente frente al cañón de su arma y dejó escapar un leve suspiro.

—Señor Federico... honestamente, nunca imaginé que lo que pasó aquella noche lo dejaría tan resentido. Si vino a buscarme para que me haga responsable de usted, le pido que no descargue su rabia contra los demás. Si lo que necesita es desahogarse... máteme a mí y acabemos con esto.

Miraba fijamente el oscuro agujero del arma. Aunque su voz temblaba y el terror la invadía por dentro, sus ojos reflejaban una franqueza y una sinceridad inquebrantables.

Federico soltó los labios de Silvia a regañadientes, todavía sediento de ella. Miró a Ismael con evidente aprobación.

—Es usted un hombre inteligente. Y no hay nada que disfrute más que tratar con gente inteligente.

Luego, abrazando a Silvia posesivamente, dio media vuelta y caminó hacia la salida.

—Silvia...

Cristóbal seguía arrodillado en el suelo, con las venas de la frente a punto de estallar. Ver cómo se la llevaban frente a sus ojos hizo que su mirada se inyectara en sangre. Estaba consumido por la furia y la impotencia.

—¡Cristóbal, reacciona de una maldita vez! ¡Casi te matan!

Ismael se acercó y le propinó una sonora bofetada.

—¡Con razón tanta prisa por casarse! ¡Nos engañaron a todos! ¡Nos usaron como escudo!

La señora Téllez, todavía en shock, escuchó eso y giró hacia él.

—¿Qué quiere decir?

Ismael resopló con desprecio.

—¿Acaso no es obvio? ¡Su querida hija se enredó con el hombre equivocado, y para intentar huir de él, decidieron montar este teatro de la boda! ¡Qué chiste tan patético!

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