Don Ismael y Doña Nadia miraron hacia el altar con absoluta incredulidad. Conocían a Silvia desde hacía tiempo y jamás habrían imaginado que fuera esa clase de mujer.
La señora Téllez se abrió paso hasta el escenario, furiosa y desesperada. Enfrentó a Silvia con una mirada severa.
—¿Es verdad lo que está diciendo ese hombre?
Su voz temblaba al exigir una respuesta.
El rostro de Silvia estaba pálido como la cera; ni siquiera el elaborado maquillaje de novia podía ocultar su palidez. Mantenía la mirada perdida hacia el frente. Con los reflectores apuntándole directamente, sentía como si estuviera completamente desnuda frente a una multitud que la juzgaba.
—¡Silvia!
Al ver que su hija no articulaba palabra, la señora Téllez levantó la mano dispuesta a sacudirla.
Pero Cristóbal se interpuso, protegiéndola con su cuerpo.
—Señora, fue solo un error de una noche, un desliz que ninguno de los dos tomó en serio. No es un crimen por el que merezca que la trate así.
La señora Téllez alzó el dedo índice, temblando de rabia, lista para maldecir a su propia hija, pero logró contenerse.
Giró el rostro hacia Federico, que seguía acercándose con paso depredador.
—¿Qué es lo que busca con mi hija? ¿Acaso pretende que ella se haga cargo de lo que pasó?
Federico asintió con una seriedad escalofriante.
—Exacto. Ella tiene que hacerse responsable por lo que me hizo. Por lo tanto, no le permito casarse con otro.
La señora Téllez frunció el ceño con profunda indignación.
—¡Eso es una locura! Ella ya está casada con Cristóbal. Lo que ustedes tuvieron fue solo un accidente...
La expresión de Federico se volvió sombría. Con un movimiento rápido, apuntó el cañón de su arma directamente a la cabeza de la señora Téllez.
La madre de Silvia palideció de golpe, retrocedió un paso instintivamente y no se atrevió a pronunciar una sílaba más.
—No vine a pedirles permiso ni a negociar con ustedes —declaró Federico con frialdad—. Hoy, ella se va conmigo.
Inclinó ligeramente la cabeza y miró a Silvia, suavizando su tono de manera enfermiza.
—Mi amor, ¿eliges quedarte a ver qué pasa, o te vas conmigo por las buenas?
Aunque lo presentaba como una simple pregunta, su arma seguía apuntando a la madre de la novia, mientras sus matones mantenían a raya a los invitados con sus propias pistolas.
Estaba claro: si Silvia tomaba la decisión equivocada, se desataría un baño de sangre.

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