Ismael hizo un gesto con la mano, dio media vuelta y abandonó el salón de bodas sin mirar atrás; Nadia estaba inconsciente y necesitaba ser trasladada al hospital de inmediato.
Los hombres de Federico se retiraron, y el resto de los invitados huyó despavorido, como si les fuera la vida en ello.
En la azotea los esperaba el helicóptero. Federico arrastró a Silvia y la subió a la fuerza. La aeronave despegó, y todo bajo sus pies comenzó a volverse minúsculo.
Silvia se pegó a la ventanilla mirando hacia abajo, con el rostro pálido y los ojos llenos de terror e incertidumbre por lo que le deparaba el futuro.
De pronto, él la tomó de la barbilla, obligándola a girar el rostro para que se encontrara con sus penetrantes ojos azules.
La miró con una obsesión enfermiza. —A partir de ahora, te vas a quedar a mi lado como una buena chica. ¿Me escuchaste bien?
Silvia asintió, temblando de miedo, y se atrevió a preguntar en un susurro: —Si… si soy obediente, ¿me dejarás ir a casa a ver a mis padres?
—Por supuesto.
Federico esbozó una sonrisa escalofriante. —Si tanto los extrañas, los mandaré a buscar y los llevaré a nuestra mansión para que te acompañen… para siempre.
Su tono era suave, casi meloso, pero sus palabras destilaban una amenaza mortal.
El cuerpo de Silvia se estremeció violentamente.
Federico bajó la mirada hacia el hermoso vestido de novia que la envolvía. Una furia oscura ensombreció su rostro y, de un tirón violento, ¡le desgarró el vestido!
—¡Ah!
Silvia soltó un grito agudo y se cubrió de inmediato con los brazos.
—Odio este vestido. Casi te conviertes en la esposa de otro —dijo Federico, con una frialdad glacial. Era un hombre inestable; su humor cambiaba más rápido que una tormenta.
—¡Quítatelo!
Le ordenó con voz tajante.
Silvia temblaba como una hoja, y el pánico se apoderaba de cada célula de su cuerpo. —Pero… no tengo ropa aquí.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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