A la tarde siguiente, Benjamín llegó a casa inusualmente temprano. Traía consigo a un médico para que revisara el estado de Alberto.
Josefina se quedó a un lado, observando en silencio.
De pronto, el ama de llaves se acercó y anunció:
—Señora, un señor de apellido Fuentes está en la puerta. Dice que necesita verla.
Al escuchar eso, Josefina volteó, sorprendida. ¿Había vuelto tan pronto?
¿Tan rápido había encontrado al culpable?
Benjamín, al escuchar el apellido, clavó su mirada en ella. Sus ojos se oscurecieron de inmediato y preguntó con voz tensa:
—¿A qué viene Manuel a buscarte?
Josefina lo miró con calma y respondió:
—No lo sé. Lo sabré en cuanto hable con él.
Mientras decía eso, comenzó a caminar hacia la salida.
Benjamín hizo el amago de seguirla, pero de repente Alberto se aferró a su brazo.
—Tío, tengo miedo.
El pequeño estaba pálido y miraba al doctor con absoluto terror.
Ningún niño disfruta ver a un médico.
Al ver la carita asustada de su sobrino, el corazón de Benjamín se ablandó, aunque no podía evitar lanzar miradas ansiosas hacia la puerta.
Había pasado tiempo sin noticias de Manuel, y él había asumido que ese sujeto no volvería a cruzar por sus vidas. ¡Jamás imaginó que, en el menor descuido, reaparecería!
La presencia de Manuel despertó un fuerte instinto de alarma en el interior de Benjamín.
...
En la entrada.
La figura esbelta de Manuel estaba de pie, con su característico aire elegante y caballeroso. En cuanto vio a Josefina, fue directo al grano:
—Encontré a la persona que intentó hacerte daño y me confesó algo que no esperaba. ¿Te interesa saber qué fue?
Josefina lo miró con curiosidad.
—¿Qué te dijo?
Manuel dejó escapar un suspiro de pesadumbre.
—Siento mucho que hayas salido perjudicada por mi culpa. Quien ordenó todo esto fue Beatriz Fuentes. Te guarda muchísimo resentimiento, y al enterarse de que fuiste a buscarme ese día, se le ocurrió esa bajeza para intentar destruir nuestra amistad.
La voz profunda y familiar del hombre resonó a sus espaldas.
Josefina se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Qué dijo el doctor?
Un destello de tristeza cruzó la mirada de Benjamín.
—Por ahora no hay ninguna opción para que recupere la movilidad.
Alberto ya había empezado a usar silla de ruedas.
El niño se la pasaba sumido en la depresión, preguntándose constantemente por qué ya no podía ponerse de pie.
Hacía poco tiempo, aún podía correr y saltar como cualquier otro niño.
A Benjamín se le partía el alma al verlo así, por lo que no había dejado de buscar desesperadamente una forma de que volviera a caminar.
Por desgracia, hasta el momento no había ningún avance.
Josefina bajó la mirada, sintiendo un nudo en el estómago.
El silencio los envolvió a ambos. Una suave ráfaga de viento sopló, haciendo caer las hojas secas a su alrededor, acentuando la profunda y desoladora melancolía del otoño.

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