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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 561

—¿Qué te dijo?

Benjamín la miró. Su rostro ya había recuperado su frialdad habitual.

Josefina no le ocultó nada y le explicó cómo había malinterpretado a Manuel en todo este asunto.

Al escucharla, la mirada de Benjamín se oscureció y dijo con tono gélido: —Una simple disculpa no es suficiente.

Dio un paso hacia ella. —¿Te das cuenta de lo que podría haberte pasado si no hubiera alguien protegiéndote?

Josefina frunció levemente el ceño, pero se mantuvo en silencio.

—Cuando vuelva a buscarte, iré contigo —sentenció él.

—¿Qué planeas hacer? —Josefina levantó la mirada, observándolo con evidente confusión.

Una sonrisa fría y cruel se dibujó en los labios de Benjamín. —Hacer que ese par de hermanos pague muy caro. Tienen que compensarte por los daños emocionales.

Josefina se quedó sin palabras por un momento. De pronto, le pareció que él era como un lobo feroz; en cuanto tuviera la menor oportunidad, mostraría los colmillos para arrancarle un pedazo de carne a sus enemigos.

Pero pensándolo bien, no había nada de malo en lo que hacía.

Él solo estaba dando la cara por ella, buscando justicia.

Josefina no dijo nada más y entró a la villa.

En la sala, la abuela tenía a Alberto abrazado contra su pecho. Con su mano cálida y arrugada, acariciaba la espalda del niño una y otra vez, tratando de calmarlo.

El pequeño tenía el rostro pálido y una expresión de profunda tristeza.

Al ver esa escena, a Josefina se le encogió el corazón.

Antes, Alberto solía ser un niño lleno de vida; ahora, su melancolía y su aspecto enfermizo daban ganas de llorar.

—Alberto, ¿te gustaría que fuéramos a un parque de diversiones? —preguntó Josefina, acercándose un par de pasos.

El niño la miró y, por un instante, sus ojos se iluminaron, pero rápidamente bajó la mirada hacia sus propias piernas. —Tía Josefina... ya no puedo caminar.

Sintiendo un nudo en la garganta, Josefina se apresuró a consolarlo: —No importa, mi amor. Podemos llevarte en brazos o puedes ir en tu silla de ruedas, pero te acompañaremos a jugar.

La luz volvió a brillar en los ojos de Alberto. —¿De verdad se puede?

—...

Durmieron profundamente.

A la mañana siguiente, después de que Josefina terminó de arreglarse y bajó las escaleras, sonó su celular. Lo sacó y vio que era una llamada de Manuel.

—¿Bueno?

—Josefina, ¿tienes tiempo ahora? —se escuchó la voz suave de Manuel.

—Sí, dime.

—Entonces veámonos. Te enviaré la ubicación —Manuel habló con calma—. No quiero asustar a la abuela, así que nos veremos afuera, ¿te parece bien?

Josefina entendió de inmediato. Manuel iba a llevar a Beatriz para que se disculpara.

No se negó. —De acuerdo.

Al colgar la llamada, Benjamín se acercó mientras se ajustaba los puños de la camisa. —Iré contigo.

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