En cuanto terminó de hablar, una lágrima silenciosa rodó por el rostro de la anciana.
Se la secó suavemente con el dorso de la mano y, con un suspiro lleno de resignación, continuó: —Así que, Jose, ya no guardo rencores ni espero nada. Al fin y al cabo, fuimos madre e hija. Nuestro vínculo llegó hasta aquí. Solo te pido una cosa: no dejes que vuelva a verla.
Josefina extendió la mano para ayudarle a limpiar las lágrimas, sintiendo un dolor profundo en el alma. En el fondo, creía que su abuela era demasiado compasiva.
¡Por más que Jimena se arrepintiera, el hecho de que había envenenado a su propia madre era imperdonable! Ni aunque muriera diez mil veces podría pagar por lo que había hecho.
Si no fuera por su abuela, ¿dónde estaría Jimena ahora?
Y, sin embargo, se había aliado con extraños para hacerle daño.
La mano cálida y seca de la anciana se posó sobre el cabello de Josefina, acariciándolo con dulzura, y con un tono calmado le dijo: —Jose, ellos te criaron. A pesar de todos los errores que cometieron y de todo el daño que hicieron, por ese agradecimiento de crianza, te pido que no les hagas nada más. ¿De acuerdo?
El Grupo León había quebrado y la vida de Andrés y Jimena estaba arruinada; ni siquiera se acercaba a la sombra de lo que alguna vez fue. En este punto, no se requería demasiado esfuerzo: bastaría con mover un par de hilos para que el resto de sus días fueran un auténtico infierno.
Pero la abuela no quería que Josefina tomara ese camino.
Con no volver a verlos era más que suficiente.
Deseaba que Josefina mantuviera su corazón limpio y libre de oscuridad, y que no permitiera que el odio le cegara la vida.
Josefina bajó la mirada por un segundo y luego asintió. —De acuerdo. Haré lo que me pides.
Su abuela siempre había sido incondicional con ella, por supuesto que le haría caso. Además, ella tampoco tenía el menor deseo de volver a ver a Andrés y a Jimena. Lo mejor sería que nunca más se cruzaran en su camino.
—De verdad me siento un poco cansada ahora —suspiró la anciana—. Creo que hablé demasiado. Voy a dormir un rato.
—Claro, me quedaré aquí contigo —asintió Josefina.
—Ah, por cierto...
Justo cuando la anciana se acomodaba en la cama, le tomó la mano. —No culpes a Luisa. La muchacha lo hizo con buena intención, simplemente no conocía la situación completa. Además, me agrada mucho. Deja que se quede haciéndome compañía.

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