Se dio la media vuelta y caminó a paso rápido hacia los sanitarios.
Benjamín se dio cuenta de que algo andaba mal con ella, pero como el teléfono no dejaba de sonar, no fue a buscarla y mejor contestó la llamada:
—¿Qué pasó?
—Soy yo, tío —se escuchó la voz infantil de Alberto del otro lado de la línea.
El tono de Benjamín se volvió mucho más amable al instante.
—Ah, eres tú, Alberto. ¿Qué pasó, campeón?
—Ven a jugar conmigo, tío —dijo Alberto—. Mi mamá no está en la casa y estoy muy aburrido.
Benjamín frunció el ceño de inmediato.
—¿A dónde se fue tu mamá?
—No sé —La voz de Alberto sonaba apagada—. ¿Me llevas a los juegos?
—Ahorita le hablo a tu mamá —respondió Benjamín.
Pero, justo después de decirlo, cayó en cuenta de que el número del que le estaban marcando era precisamente el de Magdalena.
¿Acaso Magdalena le había dejado el celular a Alberto y se había largado?
Había tenido el descaro de volverse a desaparecer después del numerito que había armado en aquel bar.
A Benjamín se le notó el coraje en los ojos por una fracción de segundo, pero le habló al niño con total tranquilidad:
—Aguántame tantito, Alberto. Tu tío no tarda en llegar a verte.
—¡Sí, súper! Aquí te espero, tío.
El niño se alegró un montón y colgó el teléfono muy feliz.
Benjamín se levantó para buscar a Josefina. Su idea era que lo acompañara.
—Señor Gutiérrez... —Cecilia se levantó también, mirándolo con un poco de timidez.
Benjamín le lanzó una mirada rápida.
—¿Se te ofrece algo?
Cecilia se armó de valor para preguntarle:
—¿Me podría explicar rápido en qué va a consistir mi trabajo? Me da miedo regarla si llego mañana sin saber nada y quitarle el tiempo.
Sin embargo, Benjamín le contestó con frialdad:
—Te voy a dejar un número para que te pongas en contacto con él; él te va a decir qué es lo que tienes que hacer.
Agarró una servilleta de papel que estaba en la mesa, le pidió una pluma al mesero, anotó un teléfono y se lo deslizó por la mesa antes de darse la vuelta y alejarse.
Benjamín frunció su espesa ceja y la jaló hacia él de un tirón.
—¿Y cómo te vas a dar cuenta de que me estás juzgando mal si no vas? Tienes que ir a fuerza.
—¡Eres un desgraciado!
Josefina levantó su bolsa para agarrarlo a golpes, pero él se la arrebató en el aire y la agarró por la muñeca.
Entonces, la jaló de la mano para salir de la cafetería.
Cecilia seguía esperándolos y solo los vio marcharse del lugar de esa manera.
Puso cara de disgusto y se les acercó a decir:
—Josefina, ¿no se supone que íbamos a ir a dar una vuelta?
Pero Benjamín le contestó por ella:
—Ahorita mi esposa y yo tenemos un asunto que arreglar. Se ven otro día.
—Yo quiero ir a dar la vuelta —dijo Josefina. En ese preciso instante sintió que hasta le debía una a Cecilia.
Benjamín la miró con intensidad, desprendiendo un aura de tensión. Una atmósfera pesada y hostil volvió a apoderarse de ellos.
—¿Por qué te enojas de repente? Alberto no es más que un niño y tú eres su tía. ¿Qué tiene de malo que vayas a jugar con él un rato? —soltó él con voz grave.

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