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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 94

Justo en ese momento, las puertas se abrieron. La persona que esperaba afuera se quedó de piedra al verlos en esa pose antes de atreverse a entrar.

Josefina apartó la mirada y fingió que la persona no existía.

Las paredes del elevador eran de espejo, así que, desde el frente, uno podía ver perfectamente lo que ocurría atrás.

La mirada del recién llegado rebosaba de curiosidad.

Resultaba gracioso ver a Benjamín y Josefina plantados cada uno en un extremo del elevador, separados pero unidos por ese brazo suspendido en el aire.

Ese pasajero sacó disimuladamente el celular, con la clara intención de tomarles una foto.

De pronto, una mirada escalofriante se clavó en él. Se estremeció de pies a cabeza y, de inmediato, fingió que estaba revisando su celular, deslizando el dedo por la pantalla sin sentido, sin atreverse a echarles un vistazo más.

Al llegar a la planta baja, el individuo salió a paso veloz. Cuando ya estaba un poco lejos, Josefina alcanzó a escuchar que mandaba una nota de voz:

—¡No manches! ¡No van a creer lo que acabo de ver!

Josefina se quedó sin palabras por la vergüenza.

Volvió a sacudir el brazo, pero no logró zafarse.

Él seguía mudo y se negaba a soltarla.

Al final, ella simplemente se resignó por cansancio.

La situación continuó hasta que estacionaron el coche frente a una farmacia. Benjamín se bajó, entró a comprar algo y regresó con una bolsa de hielo en la mano.

Tomó la mano de Josefina y colocó el hielo directo sobre la palma.

El frío cortante le heló la piel, obligándola a encoger los dedos por instinto.

—¿Qué haces? —le preguntó, levantando la mirada.

—Se te pasará el dolor en un momento —contestó Benjamín, con el semblante algo melancólico al fijar los ojos en su palma enrojecida.

—Benjamín, eres el rey de las contradicciones —dijo Josefina, mientras una mezcla de emociones cruzaba por sus ojos cristalinos.

Hace apenas unos instantes dudaba de ella y la creía culpable de haber empujado a Magdalena.

Y ahora, no la soltaba y andaba consiguiendo hielo para calmarle el dolor.

¿Qué pasaba exactamente por su cabeza?

—Quita los seguros —ordenó, sin siquiera molestarse en mirarlo.

—¿Entonces, qué es lo que quieres? —exclamó él, clavando en ella una mirada lúgubre—. Si sacamos a Alberto de la ecuación, ¿acaso no he sido un buen esposo para ti?

—Abre la puerta —repitió ella simplemente, con la mirada baja.

No tenía la mínima energía para discutir del tema.

Ya le había presentado a Cecilia; al día siguiente empezaría a trabajar en su empresa y tendrían muchas oportunidades para convivir. En cuanto Cecilia lograra meterse en su corazón, él aceptaría el divorcio de inmediato.

—¿A dónde vas? Te llevo —dijo Benjamín, aflojándose el cuello de la camisa con una mano, su voz había adquirido un tono mucho más profundo; esa asfixia ya tan familiar volvió a apoderarse de él.

—No hace falta.

—Insisto en llevarte.

El orgullo de ambos chocó con fuerza. Una lo rechazaba rotundamente; el otro estaba aferrado a que aceptara.

Y ahí se quedaron, en un callejón sin salida.

Con el ceño fruncido, Benjamín le lanzó una mirada cortante, cerró la boca, encendió el motor y arrancó directo hacia Residencial Valle Niebla.

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