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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 95

Al ver que tomaban una ruta cada vez más conocida, el rostro de Josefina se ensombreció.

De pronto sonó su celular; lo sacó y vio que era una llamada de Silvia.

—Bueno.

—Jose, tu anillo de matrimonio se va a subastar mañana en la noche. Todavía estás a tiempo si te arrepientes. —Silvia ya había arreglado todo lo de la subasta, pero aun así le marcó porque se había quedado con la preocupación.

—No me arrepiento. —La voz de Josefina sonaba sumamente calmada—. Tú encárgate del asunto. Cuando me depositen el dinero, te pagaré un viaje para que te vayas a vacacionar.

—Jose, ¿hablas en serio? Ese anillo es un símbolo de toda la historia que han vivido —preguntó Silvia angustiada; ella no compartía en absoluto el entusiasmo.

Josefina contrajo los dedos levemente. Antes no sentía nada, pero ahora la palma le ardía un poco.

—Pero cada vez que lo veo, me recuerda lo estúpida que he sido todos estos años —confesó, tras quedarse en silencio por unos segundos.

Silvia no supo qué responder ante eso.

—Ya está decidido, ve y prepara todo —sentenció Josefina, dejando escapar una risita amarga.

—Está bien.

Colgaron la llamada.

—¿Con quién hablabas? —preguntó el hombre a su lado, fijando la mirada en ella.

Josefina lo ignoró por completo.

Benjamín apretó las mandíbulas, furioso.

¿Acaso consideraba un arrepentimiento haber estado ocho años juntos?

¡Por el amor de Dios, fue ella la que empezó escribiéndole cartas de amor en primer lugar!

—Josefina, eres tan fría y despiadada —dijo cuando el coche llegó a Residencial Valle Niebla, clavándole una mirada sombría y llena de resentimiento en lugar de quitar los seguros de inmediato.

—Ay, por favor. No me llego ni a los talones a ti, mi querido señor Benjamín. Tienes un corazón tan inmenso que hay espacio para meter al mundo entero dentro —contraatacó ella.

Su tono rezumaba de sarcasmo.

Esto hizo enfurecer todavía más a Benjamín.

—Ya llegamos, ¿por qué demonios sigues sin quitar los seguros? ¿O esperas que pase la noche durmiendo aquí metida? —reclamó Josefina.

—¡¿Qué diablos haces?! —exclamó Josefina, palideciendo de inmediato al sentir el movimiento.

El cinturón de seguridad tiró de su torso, y ella rápidamente presionó el broche para liberarse.

Pero para entonces, Benjamín ya se le había abalanzado encima, inmovilizándola contra el respaldo.

—Si no quieres hablar del pasado, hablemos del presente. Y el ambiente es tan ideal que me parece el momento perfecto para hacer lo que todo buen matrimonio suele hacer en la intimidad.

Tras someter sus muñecas para que dejara de resistirse, se inclinó para besarla a la fuerza.

—¡Eres un maldito infeliz!

Josefina se encontraba acorralada en ese espacio tan reducido. Él soltó sus instintos desenfrenadamente; empezó a devorarle con besos las mejillas y la barbilla hasta que alcanzó por fin sus labios.

Entonces la atmósfera dio un vuelco repentino y el tono del asalto se volvió mucho más crudo y violento.

Como si él usara aquello para desahogar las fuertes turbulencias que había albergado dentro de sí durante todo ese día.

El hambre de aquel beso parecía indicarlo: quería tragársela y comérsela viva en ese preciso instante.

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