El dolor punzante en su muñeca se volvía cada vez más intenso. Sin duda, quienes venían a rescatarla estaban muy cerca.
Una sonrisa oscura y escalofriante se dibujó en los labios de Isabela.
Ella era la hija de Bartolomé.
Durante los últimos tres años, simplemente había contratado a una doble para que viviera en el extranjero, engañando a todos para que creyeran que nunca había vuelto al país. En realidad, durante los seis meses previos a que Sebastián la contactara, ella había estado viviendo en la frontera.
En la frontera sobraban los métodos crueles de tortura, así como una oscuridad que una persona normal jamás podría imaginar.
Allí, a menudo descuidaba su alimentación, lo que la llevó a padecer anemia. Pero no le importaba. Irónicamente, eso terminó convirtiéndose en su mejor carta para obtener la "preocupación" de Sebastián.
En esos dos años y medio, había dejado de ser la ingenua Isabela Campos de antes, y mucho menos ahora que sabía que llevaba en sus venas la sangre de Bartolomé.
Por eso, cuando ocurrió aquel tiroteo en el asilo de los Correa, los agresores no le dispararon al reconocerla. Eso le permitió recoger un arma y dispararse a sí misma de manera estratégica, ganándose la lástima y gratitud de Sebastián.
Humberto Campos tenía razón. Ella era descendiente de Bartolomé, tenía la maldad en la sangre.
Si Humberto la había mantenido con vida junto a su hermano Julián, fue solo por el pánico que le inspiraba la brutalidad de Bartolomé.
Tras la muerte de este, a Humberto no le habría costado nada deshacerse de los dos niños. Pero en aquel entonces, Isabela y Valentina eran amigas inseparables y frecuentaban la residencia de los Correa. Si ella moría, Valentina sin duda haría preguntas, y Humberto temía que la verdad de los sucesos del pasado saliera a la luz. Por eso no se atrevió a asesinarlos.
Después, ella le salvó la vida a Sebastián, convirtiéndose en la benefactora de la familia Correa. Aunque Humberto la detestaba, no estaba dispuesto a renunciar a los privilegios que el sacrificio de Isabela le había otorgado a su familia.
Pero ella no quería simples privilegios. Lo que realmente anhelaba era el amor de Sebastián.
En las circunstancias actuales, cuando dejara de serle útil a Sebastián, sería desechada como una pieza inservible en un tablero.
¿Por qué él no podía amarla?
¿En qué era inferior a Valentina?
No era menos inteligente que ella, era más dulce, y ahora tenía mucho más poder y conexiones.
Bartolomé no solo le había legado una inmensa fortuna, sino también toda su red de contactos en la frontera.
Aunque él nunca le prestó demasiada atención en vida, desde el primer momento que la vio, supo que, de todos sus hijos ilegítimos, ella era la que más se parecía a él.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....