Preocupado de que la culpa la consumiera y empeorara su estado, Sebastián la sacó de sus oscuros pensamientos.
—Por eso la muerte de la abuela no tiene nada que ver ni contigo ni con los Vargas. Te juro que encontraré a Diana. Pero antes de eso, ¿puedo hacerte una pregunta?
—¿De qué se trata? —Valentina lo miró con los ojos aún empañados en lágrimas.
Sebastián se sentó a su lado en la cama, sin hacer movimientos bruscos.
—¿Por qué condujiste hacia el muelle el día del secuestro?
Ese día...
Valentina sabía que Sebastián estaba investigando. Podían tener su propio caos emocional, pero el asunto con Fausto Navarro no era solo un problema personal; involucraba a la familia Correa, a los Vargas y a demasiadas personas inocentes.
Trató de hacer memoria sobre lo ocurrido aquel día.
Habían pasado apenas unos días, pero se sentía como si hubiera transcurrido una eternidad.
—Después de cenar con el profesor Figueroa, tenía la intención de ir a buscarte... quería encontrarme con Aein para preguntarle cara a cara sobre el origen de su nombre. Porque... descubrí que las letras en realidad esconden mi propio nombre.
La mirada de Sebastián se tornó aún más profunda. Su nuez de Adán subió y bajó lentamente mientras emitía un suave murmullo de afirmación.
Valentina continuó:
—Al principio iba directo hacia la casa de Aein, pero de repente, cuando recuperé la conciencia, ya estaba en el muelle. No sé en qué momento desvié la ruta. Probablemente no me creas.
—Te creo —respondió él tras una pausa, y luego repitió—: Confío en ti.
Valentina volvió a forcejear para soltarse de su agarre, mostrándose indiferente ante su declaración de confianza.
Al sentir su mano vacía, Sebastián cerró el puño con lentitud.
—Revisé tu historial de llamadas. Después de que te despediste de Francisco Figueroa, él te marcó mientras ibas en camino. ¿De qué hablaron?
Valentina se quedó perpleja por un instante.
Apretó los labios, hurgando en su memoria, hasta que finalmente respondió:
—Sí, el profesor Figueroa me llamó. Durante la cena le había comentado que quería ser periodista independiente. Me marcó para aconsejarme que lo pensara bien y que le avisara cuando tomara una decisión definitiva.
Las palabras "periodista independiente" hicieron que Sebastián apretara los puños con aún más fuerza.
Ella seguía obsesionada con ser corresponsal de guerra.
Bajó la cabeza y suspiró.
—¿Te dijo algo más?
Valentina negó con la cabeza.
—No.
—¿Sospechas del profesor Figueroa? —le preguntó ella directamente.
Sebastián evadió darle una respuesta afirmativa o negativa.
—Para que Fausto Navarro lograra rescatar a Isabela esa noche, necesitaba crear una distracción enorme. Atraerte al muelle fue la trampa perfecta. Interrogué a Isabela; ella solo se contactó con Fausto, no sabe nada más. La persona que te manipuló para llevarte al muelle tiene que ser alguien muy cercano a ti. No solo Francisco Figueroa; a excepción de mí, cualquier persona a tu alrededor es sospechosa.
Valentina soltó sin pensar:
—A Mateo Solís puedes descartarlo por completo.
Un crujido de nudillos resonó en el silencio de la habitación. Valentina levantó la vista para mirar al hombre que se había sentado en su cama.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....