Tras colgar la llamada con Sebastián, Ricardo se puso unos pantalones, se deslizó una sudadera por la cabeza y salió apresuradamente de su habitación.
Mientras bajaba las escaleras, sus piernas se sentían tan débiles como nunca. Su mente no podía procesar otra cosa que no fuera esa frase: "Cachito, el hijo de Valentina y mío".
Se le erizó la piel. ¿No le habían hecho un legrado a Valentina porque el bebé había muerto en su vientre?
¡¿Cómo era posible que ahora estuviera en un hospital?!
Sin perder un segundo, agarró las llaves de su deportivo más rápido. Al llegar a la puerta principal, su mayordomo lo detuvo:
—Joven Ricardo, la señorita llamó para decir que no regresará esta noche.
Ricardo se detuvo un instante y chasqueó la lengua.
—Mi hermana está cada vez más rebelde. Ya iré a buscarla más tarde.
Las palabras del joven hicieron que el viejo mayordomo desviara la mirada con algo de vergüenza.
Ricardo no le dio más vueltas y salió corriendo hacia el garaje.
Una vez en el hospital, fue directo al área de cuidados intensivos y encontró al Doctor Lozano, justo como le había indicado Sebastián.
Al principio, el Doctor Lozano se hizo el desentendido, pero cuando Ricardo mencionó Carlo Correa, el nombre de Cachito, el médico todavía mostró sus reservas, hasta que su teléfono recibió un mensaje de confirmación de Sebastián.
La señal al pie de las montañas era tan débil que el mensaje se había retrasado.
Solo entonces el Doctor Lozano confió en que Sebastián había dejado a Cachito a cargo de Ricardo.
—¿Le sucedió algo al señor Correa? —preguntó el doctor, guiándolo por los pasillos hacia el área de esterilización con un semblante de preocupación extrema.
La existencia de Cachito siempre había sido el secreto mejor guardado de Sebastián. Jamás le había mencionado una sola palabra a nadie. Si no estuviera frente a una situación de vida o muerte, jamás le habría confiado el niño a un tercero.
—Tú encárgate de cuidar al niño y espera a que regrese.
A través de la barrera del traje, Ricardo abrió los ojos como platos.
¡No había duda, era idéntico a Sebastián y Valentina!
Esas cejas, esos ojitos... era una mezcla perfecta de ambos. ¡Era su ahijado!
—¿Quieres que nos... demos la mano? —Ricardo se agachó frente al cristal, estirando la mano hacia el pequeño a través de su grueso traje protector.
El niño apenas tenía fuerzas para sostener el biberón, que casi se le resbala de las manos.
Al ver aquello, el corazón de Ricardo se estrujó. De inmediato, apoyó la mano contra el cristal como si pudiera ayudarlo a sostener el biberón, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—No te asustes, soy el tío Ricardo.
—Ba... Ba... —balbuceó el pequeño, con la cabecita recostada lánguidamente hacia un lado en el sofá. Luego, haciendo un esfuerzo monumental, sacudió la cabeza para decir que no, emitiendo un débil gemido: —Mhn...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....