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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 457

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—¿J? —exclamó Arturo, totalmente sorprendido.

Caminó rápidamente hacia el hombre en la puerta. Pensaba que sería una enfermera, pero jamás imaginó que sería su ídolo, el jefe J.

Al ver a J, sintió que podía respirar tranquilo.

Desde el umbral, J —que no era otro que Sebastián bajo la identidad de Aein— se apoyó en las muletas. Levantó una mano cubierta por un guante táctico negro para ajustarse la visera de la gorra, y sus profundos ojos castaños se fijaron en Valentina, que seguía sentada en el rincón de la cama.

Llevaba una bata de hospital holgada, su figura lucía frágil y su rostro estaba mortalmente pálido. Afuera, el viento arrastraba nubes negras, y daba la impresión de que, si alguien abría la ventana, ella saldría volando junto con la tormenta.

Los dedos del hombre se aferraron con fuerza al mango de la muleta.

—¿Ya te quitaron el yeso? —preguntó Arturo, haciendo que el hombre apartara la mirada. J asintió levemente.

—Qué bueno —dijo Arturo—. Eso significa que te estás recuperando bien. Mejórate pronto, jefe J.

¡Su increíble y letal jefe J!

Si J no hubiera estado herido la noche anterior, sin duda habrían podido sacar a la señorita Vargas de Miramar y llevarla lejos, muy lejos de Sebastián.

Sin embargo, J aún olía a ungüento medicinal, lo que indicaba que todavía le faltaba un buen tiempo para sanar por completo.

Al parecer, sus ganas de ver a J dándole una paliza al idiota gigante de Lucas tendrían que esperar.

J entró en la habitación. Su imponente altura y su aura intimidante no se veían disminuidas en lo más mínimo por las muletas. Su mirada recorrió la bandeja de comida intacta sobre la mesa.

Arturo siguió su mirada y le susurró a modo de excusa:

—La señorita Vargas está de mal humor. No quiere comer.

No se atrevía a decir que su estado de ánimo iba mucho más allá de un simple "mal humor". Ni siquiera Mateo había podido hacer algo al respecto.

Valentina apoyaba la barbilla en sus rodillas. Al ver a J, su expresión se mantuvo indiferente, y luego volvió a girar la cabeza hacia la ventana.

[¿No quieres irte de aquí?]

¿Irse?

Valentina movió sus labios resecos. Unas pequeñas gotas de sangre brotaron de las grietas en su pálida piel, y una risa amarga y ronca escapó de entre sus dientes.

No dijo una sola palabra; simplemente negó con la cabeza. Sus ojos enrojecidos ya no tenían lágrimas para derramar.

Creyó escuchar el sonido del hombre apretando el teléfono con furia, pero un zumbido constante llenaba sus oídos. Tras la explosión de la otra noche, sus oídos, que casi estaban curados, habían vuelto a sufrir daños severos.

Todo lo que escuchaba a su alrededor era borroso y distante.

Arturo jaló un poco la manga de J y, con un tic nervioso en el ojo, le susurró:

—J, por favor, no digas más. Sebastián cerró todo el hospital y trajo guardias armados, ¿cómo va a salir la señorita Vargas?

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