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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 459

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Tan pronto como Arturo terminó de hablar, se arrepintió. Su jefe J no era ese tipo de persona; jamás se rebajaría a maldecir a alguien, ni siquiera para intentar animar a la señorita Vargas...

Sin embargo, al segundo siguiente, vio cómo los dedos de Aein tecleaban rápidamente en la pantalla.

[Sebastián es un infeliz bastardo.]

Arturo se quedó pasmado. ¡Vaya, resulta que J sí sabía insultar!

Valentina levantó la vista hacia la pantalla del teléfono, movió las comisuras de los labios y dejó escapar una sonrisa débil y sin fuerzas.

Desde el fondo de su garganta, Aein contuvo un ataque de tos. Sus manos, aferradas a las muletas, hicieron un esfuerzo visible para sostener el peso de su cuerpo antes de arrastrar una silla con la muleta hasta el borde de la cama.

Se sentó pesadamente y sus dedos continuaron escribiendo otra frase en el celular:

[No pienses en las cosas que no puedes entender. No todo en este mundo tiene respuesta. Aunque Sebastián haya interferido y manipulado tu vida, sigues siendo Valentina. Nadie puede cambiar eso, excepto tú misma.]

[Si te rindes, entonces Valentina realmente desaparecerá. Ya nadie recordará que tu nombre significa valentía, fuerza y la promesa de no rendirse jamás.]

Los ojos enrojecidos de Valentina se llenaron de lágrimas. A través de la niebla en su mirada, observó al hombre frente a ella, encontrándose con esos profundos ojos castaños.

[Come un poco. Vive por ti misma.]

Fue como si una pequeña grieta se abriera en la caótica mente de Valentina, dejando entrar un rayo de luz. Sus pálidos labios se movieron y, con voz ronca, respondió:

—...Está bien.

Al escuchar su respuesta, el tenso ceño del hombre se relajó lentamente.

Lleno de emoción, Arturo se apresuró a traer la bandeja de comida. Una mano cubierta por un guante táctico la tomó y se la ofreció a Valentina.

...

Ricardo condujo de regreso a la Mansión Mendoza. Al llegar al patio central, sus pasos se detuvieron y giró la cabeza hacia un costado. Un auto deportivo rojo estaba estacionado allí.

Je.

A Ricardo le fascinaba ver cómo esa cara imperturbable se transformaba.

Ella era la niña que sus padres habían adoptado de un orfanato antes de que él naciera, convirtiéndose en su hermana mayor sin que compartieran una sola gota de sangre.

Sus dedos acariciaron la curva de la cintura de Leticia, mezclándose con la espesa espuma del jabón.

—¿Por qué me tratas así nada más llegar a casa, hermanita?

¡Zas!

La mano de la mujer se estrelló con fuerza contra la mejilla derecha de Ricardo.

Él no se inmutó. Agarró la mano de Leticia, se la llevó a los labios y le dio un beso. En el instante en que el rostro de ella palideció, él le mordió la muñeca con fiereza.

—Te lo advertí, Leticia. Si me vuelves a golpear, me volveré loco aquí mismo.

Ella retiró la mano con violencia y lo empujó lejos de sí.

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