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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 498

—Vicente, ¿qué te pasa? —Diana se levantó del suelo torpemente, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho, con pasos vacilantes.

Pero apenas su mano rozó al hombre, él la rechazó con un brusco manotazo.

El empujón fue tan despiadado que la hizo trastabillar hacia atrás; por poco cae sentada, torciéndose el tobillo con un dolor punzante. Sin embargo, en ese momento, eso era lo de menos.

El rostro del hombre lucía aún peor que antes.

Arrancó un par de pañuelos de papel de la mesa y se limpió a toda prisa la sangre de la comisura de los labios y de los dedos, ignorando por completo a la mujer a la que acababa de empujar.

Pero Diana ya estaba acostumbrada a su frialdad. Durante todos esos años, ella siempre había sido quien tomaba la iniciativa de acercarse, y mucho más en un momento crítico como aquel.

—¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? Vamos al hospital para que te revisen, ¿sí? —Se acercó y le tomó la mano con fuerza.

El hombre volvió a apartarla y soltó con crueldad:

—Lárgate.

Diana se quedó petrificada, sintiendo un frío helado recorrer su cuerpo. De pronto, recordó algo y corrió hacia el armario. Sacó un cambio de ropa que había traído consigo y, sin molestarse en ir al baño, empezó a vestirse allí mismo en la habitación.

En el pasado, jamás se habría atrevido a hacer algo así. Conocía perfectamente los límites del hombre y no se atrevía a provocar su furia; de lo contrario, perdería el poder que creía tener sobre él.

Pero en ese instante, su mente solo proyectaba la imagen de Vicente escupiendo sangre. No tenía tiempo para pensar si su acción le molestaría.

Y la atención del hombre ni siquiera estaba puesta en ella, ni le importaba lo que hiciera.

Diana terminó de vestirse rápidamente y corrió hacia él. —Vamos, te llevo al hospital.

Mientras hablaba, extendió las manos para sostenerle el brazo.

El hombre de mediana edad volvió lentamente la cabeza, miró las manos de la mujer y luego clavó la vista en su rostro con una expresión de burla. —¿No tienes miedo de que la gente de Sebastián te descubra?

Diana, con los ojos enrojecidos, respondió:

—Eso no importa. Te voy a llevar al hospital.

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