La brisa marina entraba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el aroma a pasto y flores frescas.
El murmullo intermitente de las olas hacía que la noche se sintiera aún más serena.
Valentina abrió los ojos y miró el techo, grisáceo, sin poder distinguir nada con claridad; parecía un sueño, una alucinación.
El ambiente le resultaba familiar. No solo acudieron a su mente los recuerdos recientes tras el nacimiento de Cachito, sino también las vivencias de hace años, desbordándose como una marea.
De verdad había vuelto a esta isla, la del Lago Lunar.
Desde el trasplante de médula de Cachito, su mente alternaba entre la lucidez y la confusión. Sus reflejos se habían vuelto muy lentos y, la mayor parte del tiempo, sentía que una densa niebla envolvía su cabeza.
Sabía que era niebla mental, uno de los síntomas de la depresión.
Antes de subirla al jet privado, Sebastián le había dicho en el hospital: —Mañana es tu cumpleaños. Quiero celebrártelo una vez más.
Su mente estaba tan ofuscada que había olvidado en qué mes estaban, y mucho menos sabía qué día era. Solo al escuchar a Sebastián miró instintivamente la pantalla digital de la pared.
Celebrar un cumpleaños más...
Valentina se levantó descalza, caminó hacia la ventana y la abrió por completo.
La luz de la luna caía como una cascada plateada sobre la superficie con forma de media luna del lago, en el centro de la isla. El agua destellaba y las flores de la orilla florecían con esplendor, luciendo tan hermosas bajo el resplandor lunar que parecían sacadas de un sueño irreal.
A poca distancia del Lago Lunar, reposaba un imponente helicóptero negro.
Ella miraba fijamente aquella luna llena cuando, de repente, un cuerpo cálido se le acercó por la espalda y la envolvió en un fuerte abrazo.
—¿Despertaste? —resonó la voz grave del hombre junto a su oído, acompañada de su aliento cálido que se colaba al hablar.
Ese leve temblor que llevaba consigo un suspiro ahogado, sumado a las manos temblorosas de él, hizo que el cuerpo de Valentina se tensara.
Antes de que ella pudiera decir algo, Sebastián la soltó.
—Qué bueno que despertaste, baja a comer algo —dijo él con tranquilidad—. Dormiste casi todo el día y no has comido nada.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....