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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 501

Al percatarse de lo mucho que Valentina había adelgazado, y siendo plenamente consciente de lo que había ocurrido entre ellos, el anciano dejó escapar un profundo suspiro.

—Has sufrido demasiado, hija. Ve a descansar, recupera tus fuerzas; ahora mismo, eso es lo que más importa. Te traje una buena sopa, ve a tu habitación y tómatela mientras sigue caliente.

Valentina asintió, haciendo el esfuerzo de esbozar una mínima muestra de calidez en su rostro.

—Gracias, abuelo Gustavo.

—¡Tú! —Al segundo siguiente, el anciano clavó la vista en Sebastián, dándole un giro de ciento ochenta grados a su actitud—. ¡Entra ahora mismo!

Sebastián no soltó la mano de Valentina. Alzó la vista con desgano.

—Espéreme. Primero voy a llevarla a su habitación.

Y sin darle la más mínima oportunidad al anciano de replicar, tiró de la mano de Valentina, arrastrándola hacia su destino.

Tal como había dicho el anciano, sobre la mesita junto a la cama descansaba un termo térmico. Sebastián ayudó a Valentina a sentarse, destapó el recipiente y sirvió el caldo en un tazón pequeño. Lo removió un par de veces con la cuchara para asegurarse de que la temperatura fuera la adecuada antes de dejárselo en las manos.

Luego tomó asiento en una silla cercana a la cama, contemplándola comer.

Estaba sumamente tranquila, y ni siquiera hacía ruido al tomar la sopa.

Se portaba dócilmente, sin un atisbo de protesta, pero esa actitud no se asemejaba en lo absoluto a la vibrante Valentina que él conocía.

Verla reducida a ese estado le provocaba a Sebastián una presión asfixiante en el pecho, un nudo que no lograba desahogar por ningún medio. Aprovechó el momento en que ella dejó la cuchara en el cuenco, agarró una servilleta de papel y le limpió las minúsculas gotas de caldo adheridas a la comisura de sus labios con una suavidad absoluta.

—El médico dice que ya puedes continuar tu recuperación en casa, pero me imaginé que preferirías quedarte en el hospital para hacerle compañía a Cachito, así que no autoricé los papeles de tu alta.

Valentina emitió un asentimiento silencioso.

Sebastián apretó levemente los puños cuando la escuchó añadir:

—El abuelo Gustavo te está esperando.

No levantó la cabeza. Ni siquiera se dignó a dirigirle una mirada.

Sin embargo, Sebastián no daba indicios de querer marcharse. Al ver que el tazón estaba vacío, se lo quitó de las manos y volvió a servirle una porción menor.

—De todas maneras no tiene nada mejor que hacer.

Además, su herida estaba lejos de ser fatal. El General ya se había cerciorado de su estado, así que, si se había quedado esperándolo en la habitación, el único motivo posible de su visita radicaba en Valentina y en el niño.

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