—¡Oliver!
Dora no estaba dispuesta a bajar la cabeza, pero al toparse con la mirada fría y seria de Alma, sintió un miedo repentino y su expresión se llenó de pánico.
La mirada de Oliver se oscureció. Frunció el ceño con disgusto, convencido de que Alma estaba montando una escena para llevarle la contraria. ¡Qué mujer tan molesta y conflictiva!
—¡Uno!
—¡Ah!
Al mismo tiempo que Dora gritaba, Oliver aplicó un poco más de fuerza, presionando justo en la zona donde Alma se había torcido el pie. Su voz sonaba más gélida que el viento invernal.
—Alma, ¡veo que no piensas cambiar!
Alma sintió una punzada de dolor y aflojó el agarre.
Dora aprovechó para retirar la mano apresuradamente, retrocediendo varios pasos. Con los ojos desorbitados y voz chillona, exclamó:
—¡Primo, no puedes dejarla ir así como así! ¡Esa cachetada que le dio a Rosalía no se puede quedar así! ¡Tienen que pedirle perdón a Rosalía!
—Dora, ya no digas nada... —la intentó calmar Rosalía en voz baja.
Dora, que por fin había encontrado una oportunidad para contraatacar, no iba a soltarla tan fácilmente.
—Rosalía, no me detengas, ¡lo voy a decir!
Se giró hacia Oliver.
—Oliver, Rosalía había visto una corbata que quería comprarte de regalo, pero Alma la vio y, como no soporta que Rosalía tenga un detalle contigo, se metió en medio para arrebatársela. Y como no pudo ganarle, ¡azuzó a Lilia para que la golpeara!
—¡Puras mentiras! —soltó Lilia de inmediato.
—¡Lo que digo es verdad! ¡Es que Alma tiene celos de ti y de Rosalía, y busca problemas a propósito!
—¡Dora! —Rosalía miró a Oliver con una expresión de total comprensión y dulzura, explicando con voz frágil—: Oliver, no escuches las tonterías de Dora...
—¿Es cierto lo que dice? —Oliver ignoró a Rosalía. Bajó la mirada, observando a Alma con superioridad y frialdad.
—¿Y si te digo que no? —respondió ella.
Al encontrarse con los ojos escarchados del hombre, Alma sintió que su pregunta era ridícula. Él no le creía en absoluto.
—Alma, discúlpate con Rosi.
Alma apretó los labios en una línea fina y guardó un silencio absoluto.
—Oliver, ¿eres un hombre o qué te pasa? —estalló Lilia—. Almi no hizo nada malo, ¡¿por qué tiene que disculparse?! ¡¿Estás ciego?! Almi es tu esposa. Ya es bastante malo que no la defiendas, ¡pero dejar que la amante se le suba a las barbas para humillarla es el colmo!
Lilia señaló a Rosalía, indignada.
El rostro de Oliver se oscureció al máximo. La temperatura a su alrededor pareció descender bajo cero mientras miraba a Lilia con frialdad.
—Lilia, si quieres conservar la colaboración con la familia Domínguez, cierra la boca.
En su arranque de ira, a Lilia no le importaron los intereses familiares. Con los ojos inyectados en sangre, estuvo a punto de replicar.
—¡Tú...!
—¡Lili! —la detuvo Alma a tiempo.

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