Ella se levantó y caminó despacio hasta sentarse junto a Oliver.
—Así está mejor. Solo cuando los esposos están unidos pueden llegar lejos. Ya estoy viejo, y el futuro de la familia Robles depende de ustedes, los jóvenes. Ver que se llevan bien es lo único que me deja tranquilo.-
Benjamín sonrió, diciéndolo como quien no quiere la cosa.
Pero todos los presentes entendieron que esas palabras eran para respaldar a Alma.
Los ojos oscuros de Oliver se ensombrecieron y dijo:
—Entendido, abuelo.
Alma bajó la vista sin decir nada, pero sintió que el frío a su alrededor se intensificaba, como si cayera en un pozo de hielo; cada respiración le calaba los pulmones.
Benjamín asintió satisfecho.
—Bueno, ¡a comer! Almi, te veo más delgada, come más. Si no alcanzas algo, dile a Oliver que te sirva.
—... Está bien.
Alma respondió en voz baja.
De repente, unos cubiertos de plata depositaron unas costillitas al ajillo en su plato.
Alma se quedó atónita, justo a tiempo para ver a Oliver retirar la mano.
Miró la carne en su plato y apretó los cubiertos con más fuerza. Aunque el salmón que tenía en la boca debía ser delicioso, ella solo sentía un sabor amargo insoportable.
Oliver frunció el ceño observando a Alma. ¿Sus muñecas siempre habían sido tan delgadas? Parecían a punto de romperse con el más mínimo esfuerzo.
Y... ¿por qué estaba tan pálida?
Después de la cena, todos se sentaron en la sala para platicar.
Alma comió deliberadamente despacio, siendo la última en terminar.
El dolor abdominal empezó a volverse intenso. Inconscientemente se llevó la mano al vientre para aliviarlo y se puso de pie.
Oliver regresó de hacer una llamada y la vio de pie junto a la mesa, con una figura tan frágil que parecía que el viento la derribaría.
Sin saber por qué, se acercó.
—Dijiste que no te sentías bien, ¿qué tienes?
—Nada... —Alma no esperaba que él entrara de repente. Bajó la mano por reflejo e intentó salir.
Oliver iba a decir algo más, pero vio que en el plato de Alma seguían intactas las costillitas al ajillo.
Eran las que él le había servido. No se las comió.
—¡Por qué no comiste! —Su rostro se oscureció y agarró la muñeca de Alma bruscamente.
Alma casi pierde el equilibrio con el tirón.
—Por nada, simplemente no quería.
—Alma, no intentes provocarme. —Oliver la tomó por la cintura y dijo con frialdad—: Sabes cuáles son las consecuencias de hacerme enojar.
El pánico invadió a Alma. Luchó por soltarse, pero al segundo siguiente, una fuerza brutal la empujó contra la pared. Su espalda golpeó con fuerza, y una sombra cayó sobre ella. Oliver le sujetó la barbilla, la levantó y la besó agresivamente.


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