—Bella, por favor, ve a la policía y di que todo fue un malentendido, pídeles que suelten a Gabriel.
Ahí estaba, ese era su verdadero objetivo.
Un arrepentimiento con un propósito oculto, ¿cómo podría ser sincero?
Isabella se inclinó y sonrió levemente. —¿Y si voy a la policía, digo lo que pides y saco a Gabriel, qué gano yo con eso?
—¡Pues… volveríamos a ser buenas amigas!
Isabella soltó una carcajada.
—Ese favor no me atrevería a aceptarlo. De una amiga tan venenosa como tú, prefiero mantenerme lo más lejos posible.
El rostro de Otilia se enrojeció. —Entonces… ¿qué quieres a cambio? ¡Te lo daré todo!
—Ja, ¿y qué tienes para darme?
—Yo…
—No tienes dónde caerte muerta y te atreves a preguntarme qué quiero de ti. ¡Eso es un chiste! Y si no gano nada, ¿por qué habría de ayudarlos? ¿Por el cariño de antes? ¿Acaso nos queda algo? ¡Si algo quedaba, ya se convirtió en odio! Así que no tengo ninguna razón para salvarlo.
Tras decir esto, Isabella soltó un bufido y se dispuso a volver a su carro.
—¡Si no salvas a Gabriel, entonces mi hijo y yo moriremos frente a ti!
De repente, Otilia sacó un cuchillo de fruta de su bolso y se lo puso en el cuello. Su expresión era tan decidida que parecía amenazar a Isabella: si se atrevía a subirse al carro y marcharse, se mataría en ese mismo instante.
Isabella solo torció la boca, abrió la puerta, se sentó y arrancó.
Apenas había avanzado unos metros cuando Diana apareció de la nada y se paró frente al carro con los brazos extendidos.
Isabella frenó en seco. Una sonrisa de triunfo se dibujó en el rostro de Diana.
—Isabella, si no vas a la comisaría a sacar a mi hijo, ¡haré que te conviertas en una asesina! —Dicho esto, se tiró al suelo, con una actitud de «a ver qué me haces».
Al llegar al Grupo Domínguez, su primera tarea fue dar seguimiento al proyecto con el Grupo Crespo. Este proyecto era crucial para el Grupo Domínguez y no podía permitirse el más mínimo error.
Por la tarde, el Grupo Domínguez debía presentar un informe sobre el avance de la obra en las oficinas del Grupo Crespo. Isabella, después de hablar con Emilio López, decidió ir también.
En la sala de juntas, el equipo del Grupo Domínguez estaba presentando el progreso de su centro comercial. El avance iba de la mano con el desarrollo de la calle comercial, sin retrasar en lo más mínimo a sus socios.
Isabella miró al otro lado de la mesa. Allí estaban los principales responsables del proyecto de la calle comercial, lo que demostraba la importancia que le daban a su colaboración con el Grupo Domínguez.
La reunión transcurrió sin problemas hasta los últimos minutos, cuando la puerta del fondo de la sala se abrió y entraron varias personas.
La mujer que encabezaba el grupo tendría unos cincuenta años. Vestía un traje sastre negro y llevaba el cabello recogido en un moño, lo que le daba un aire profesional y elegante. Su maquillaje era discreto, pero no lograba ocultar un rostro de una belleza llamativa. Sin embargo, su expresión seria y su aura fría infundían respeto y cierta distancia.
Era la señora Marcela Crespo, la matriarca del Grupo Crespo. Isabella ya la había visto antes, pero nunca habían hablado.
¿Por qué había venido de repente?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...