Al escuchar aquello, Isabella se detuvo instintivamente y miró hacia el interior del salón.
Además de una Marcela fuera de sí, estaba Ivana, quien negaba con la cabeza con una expresión de víctima.
—Marcela, solo fue un accidente. ¡No puedes culpar a mi familia, no es justo!
—¡No me importa la justicia, yo solo quiero a mi hija de vuelta! ¡La quiero viva! —rugió Marcela con los ojos inyectados en sangre.
—Los muertos no regresan, Marcela. Ya pasaron veinte años, ¡tienes que superarlo!
—¡Cállate, asesina, cállate!
—¿Otra vez no te tomaste la medicina?
—¡Largo! ¡Vete de aquí!
Ivana no se movió; al contrario, se acercó unos pasos más.
—Parece que estás perdiendo la razón de nuevo, déjame ayudarte a recordar. Ese día, tú e Iván vinieron a mi casa con Jairo y Lilia. Nosotras dos estábamos arriba, tomando un café; Iván y mi esposo Rafael conversaban en la sala, y los niños jugaban en el cuarto de juegos del primer piso…
Para una madre que ha perdido a su hija, no hay mayor tortura que revivir la escena de su muerte.
Fue como si a Marcela le hubieran arrancado el alma. Se desplomó en el suelo con la mirada perdida, sacudiendo la cabeza en un estado de confusión y murmurando:
—No, no, por favor, no sigas… me duele la cabeza…
Pero Ivana se paró frente a ella, mirándola desde arriba con una crueldad gélida en los ojos.
—Ese día hubo una tormenta eléctrica, llovió un buen rato. En cuanto paró, los niños salieron corriendo al jardín a jugar. Lilia también, pero no sé por qué, se fue al patio trasero, salió por la puerta y, de repente, el árbol que estaba junto a la entrada se desplomó…
—¡Ah! —El rostro de Marcela se tornó blanco como el papel. Se tapó los oídos con desesperación—. ¡Te lo suplico, te lo ruego, no sigas!
—Ese árbol era enorme, y cuando cayó con todo su peso…
—¡Cállate!
—¡Tú! —Ivana apretó los dientes, pero tras pensarlo un segundo, añadió—: No voy a discutir con una jovencita, pero Marcela no se ve nada bien. Deberían llevarla a un hospital cuanto antes.
—¡Le repito que mi suegra está perfectamente!
—Si está enferma y no recibe tratamiento, la estás perjudicando —insistió Ivana, y luego se dirigió a las señoras que curioseaban afuera—. Miren a Marcela, ¿no les parece que no está bien?
Las señoras no entraron, pero empezaron a cuchichear entre ellas.
—He oído que Marcela sí tiene problemas de salud.
—Creo que por eso mismo están tan apurados con que su hijo regrese al país para tomar las riendas del Grupo Crespo.
—¿No será que es verdad lo que dice la señora Méndez, que en realidad tiene problemas mentales?
Isabella escuchó las especulaciones y frunció el ceño con fuerza.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...