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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 346

Se agachó y tomó a Marcela por los hombros, apretando con suavidad.

—Creo que bebió demasiado, la llevaré a casa.

Marcela seguía con las manos en los oídos, con una expresión de pánico y desamparo.

Isabella intentó levantarla, pero tenía el cuerpo completamente flácido, sin fuerza en brazos ni piernas. Si los demás la veían en ese estado, no haría falta esperar a mañana; esa misma noche, todo el círculo empresarial estaría hablando de ello.

Sin más opción, Isabella le quitó las manos de la cara con firmeza, obligándola a mirarla.

—Usted solo está ebria, ¿verdad?

»Pero hay quienes dicen que ha perdido la razón.

»¿De verdad se ha vuelto loca?

La mirada de Marcela seguía sin enfocar.

—¿Quiere que la gente diga que Jairo tiene una madre loca? —le susurró Isabella al oído.

Aquellas palabras surtieron efecto. Los ojos de Marcela comenzaron a temblar y, de repente, fue como si su alma regresara a su cuerpo, devolviéndole la vitalidad.

Miró a Isabella, abrió la boca como para decir algo.

Pero Isabella negó con la cabeza y solo dijo:

—Es hora de irnos a casa.

Le arregló el cabello y la ayudó a ponerse de pie.

Al ver a las señoras que las observaban, Marcela forzó una sonrisa.

—La verdad es que bebí de más. Disculpen el espectáculo.

Las demás, al escucharla, se apresuraron a secundarla.

—Sí, la verdad es que bebió bastante. Deje que su nuera la lleve a casa a descansar.

Marcela asintió.

—Sí, es hora de volver.

Al pasar junto a Ivana, esta intentó rodearlas para ayudar a Marcela, pero ella la apartó.

—Señora Méndez, le agradezco su preocupación, pero no la necesito.

El tono de Marcela fue tan gélido que la mano extendida de Ivana se retiró, torpemente.

—Marcela, no tienes por qué ser así conmigo, somos las mejores amigas…

—Hay amigos sinceros y amigos falsos.

—Mi amistad por ti es sincera, por supuesto.

—¿Ah, sí?

Marcela esbozó una mueca y siguió caminando.

—¡Lili, mamá ya volvió! ¿Me extrañaste?

Isabella la siguió y vio a Marcela mirando con expectación una enorme pantalla en la que aparecía una niña pequeña.

La niña le dedicó una gran sonrisa.

—Mami, te extrañé mucho. ¡Por fin viniste a verme!

—Mamá… mamá también te extraña, pero tu hermano solo me deja venir a verte una vez a la semana…

La niña en la pantalla hizo un puchero.

—¿Por qué?

—Porque…

La mente de Marcela pareció nublarse, incapaz de encontrar una razón.

—Ah, claro, debes tener hambre. ¿Quieres que mamá te prepare algo de comer?

—Sí.

Marcela corrió hacia la cocina. Todavía llevaba los tacones y, con la prisa, se torció un tobillo.

Isabella se acercó para ayudarla, pero ella la empujó bruscamente.

—¿Tú quién eres? ¡Lárgate!

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