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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 354

Apenas entraron por el portón, vieron a Marcela salir corriendo de la casa. Llevaba el pelo suelto y una expresión de angustia. A medio camino, tropezó y cayó.

—¡Jai, todavía es temprano, vamos rápido a la Montaña del Viento!

Aún sostenía la laptop en sus brazos, insistiendo en que tenían que ir a ver las hojas rojas ese mismo día, porque Lili ya estaba enojada.

Jairo la ayudó a levantarse. Cuando ella alzó la vista, el cabello se le apartó de la cara, revelando un corte en la frente. La mitad izquierda de su rostro estaba cubierta de sangre.

—Estás herida, ¿qué pasó? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—¡No perdamos tiempo, rápido…!

—¿Qué fue lo que pasó? —la interrumpió Jairo con voz severa.

—¡Pues qué va a ser, que te tenías que ir a preocupar por esa persona inútil!

—¡Mamá!

—¡Me pegué yo sola, ya estás contento!

Jairo se quedó paralizado. En sus ojos, llenos de incredulidad, algo pareció romperse. Frunció el ceño con fuerza, pero luego su expresión se relajó en un gesto de impotencia mientras soltaba un profundo suspiro.

—Jael ya viene en camino, primero tenemos que curarte esa herida…

—¡No! Se va a hacer de noche. Si nos tardamos más, no alcanzaremos a ver las hojas rojas de hoy.

—Mañana también estarán ahí.

—¡Pero mañana ya no sería cumplir la promesa! ¡No podemos fallarle a Lili!

—Las hojas de mañana serán igual de rojas, y Lili estará igual de feliz al verlas.

Marcela no escuchaba razones. Tiraba de Jairo para que salieran, pero en ese momento vio a Óscar.

Óscar la miraba con preocupación, pero en cuanto los ojos de Marcela se posaron en él, retrocedió un paso por instinto.

—Mamá…

Esa frase hizo que Marcela perdiera el control por completo. Intentó abalanzarse sobre Óscar para destrozarlo, pero Jairo la detuvo.

—¡Quiero que se muera, que se muera!

Jairo sujetaba a Marcela, viendo cómo su comportamiento se volvía cada vez más errático. Supo que estaba teniendo una crisis y que ya no escucharía nada de lo que le dijera.

Le pidió a Isabella que se llevara a Óscar de ahí, mientras él cargaba a una Marcela fuera de sí y la metía en la casa.

***

Una vez que Marcela entró, las palabras afiladas y crueles cesaron. Óscar soltó un suspiro de alivio y, dándose la vuelta, echó a correr hacia la calle.

Isabella corrió tras él. Lo alcanzó a la salida de Villa La Luna Plateada, junto a la carretera. Óscar estaba parado ahí, con la mirada fija en un enorme camión de carga que se aproximaba a toda velocidad, en una clara postura de querer lanzarse.

—¡Óscar!

El pánico se apoderó de Isabella. Gritó su nombre con una voz que le temblaba.

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