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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 358

A Isabella le pareció que Jairo estaba exagerando, pero un hombre, sobre todo uno tan guapo, merecía ser consentido. Corrió tras él, lo tomó de la mano y lo arrastró hacia una pequeña arboleda.

—¡Por aquí es más corto!

Jairo no sospechó nada y la siguió, solo para descubrir que no había ningún camino.

Soltó un bufido de fastidio y se dio la vuelta para irse, pero Isabella, con una voz deliberadamente melosa, lo detuvo.

—Jairo, no seas así. Imagina que alguien nos ve…

—¿No dijiste que aquí no había nadie?

—Pero es que todavía soy joven e inocente, y tengo miedo.

Isabella se metió de lleno en su papel, actuando con tanto sentimiento que asustó a una pareja que se escondía en los arbustos.

—¿Hay alguien?

—Son como nosotros, buscando un poco de privacidad al aire libre.

—Habla más bajo.

—Te aseguro que soy mucho mejor que ese tipo.

—¡Qué cosas dices!

Isabella se quedó de piedra. No esperaba encontrarse con otros amantes furtivos. Carraspeó, dispuesta a sacar a Jairo de allí.

Pero al segundo siguiente, él la acorraló contra el tronco de un árbol.

—¿Dijo que es mejor que yo?

—Ejem, seguro estaba presumiendo.

Jairo se inclinó y le mordió el labio con fuerza.

—¿Y tú qué dices? ¿Soy bueno?

—Cla… claro que sí.

—¿Qué tan bueno?

Imágenes ardientes inundaron la mente de Isabella. Su corazón se aceleró y su respiración se volvió pesada. Le rodeó el cuello con los brazos y acercó sus labios a la nuez de Adán de él, rozándola apenas.

—¿Quieres saberlo?

—Quiero.

Esa palabra, vibrando en su garganta, sonó grave y seductora, increíblemente sexy.

Sintió un calor repentino recorrerle el cuerpo. Tomó su mano, la deslizó bajo su abrigo y su suéter, y la colocó en su cintura.

—¡Ni se te ocurra mencionarlo!

¿Comer y disfrutar, para luego pedir cuentas? ¡Un poco de por favor!

—La próxima vez, ese tipo de cosas déjamelas a mí —dijo él, a pesar de todo.

Isabella se giró para mirarlo. Este hombre ya era increíblemente fuerte, pero parecía que nunca era suficiente. Intentaba ser el pilar de todos, pero él también se cansaba, también querría descansar. ¿Y en quién podía apoyarse él?

—Cariño, mis hombros son bastante resistentes. De vez en cuando, puedes apoyarte en mí.

Jairo sonrió.

—De acuerdo.

***

Al llegar a la mansión de los Domínguez, una melodía de ópera los recibió en la entrada.

Avanzaron y vieron a Iván recostado en una mecedora, balanceándose al ritmo de la música que salía de un viejo tocadiscos y tarareando la pieza.

Ese día, Óscar había desaparecido, Marcela había tenido una crisis, la familia Crespo era un caos, y Jairo estaba agotado física y mentalmente. Y mientras tanto, Iván disfrutaba de una paz imperturbable. El rostro de Jairo se ensombreció al instante.

Isabella intentó calmarlo, pero ya era tarde. Se dirigió a grandes zancadas hacia Iván, tomó el tocadiscos que estaba en la mesita de al lado y lo estrelló contra el suelo.

Con un fuerte estruendo, la música se detuvo.

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