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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 367

Te invitan a cenar, pero el invitado llega primero.

Isabella se sentó en la mesa que Julen había reservado, pidió un café y empezó a cronometrar cuánto tardaría en llegar.

—¡Gabriel me dijo que viniera a buscarte, que si tú querías, seguro podrías ayudarlo!

En el restaurante, todos los comensales hablaban en voz baja, por lo que aquel grito fue muy llamativo.

Isabella siguió el sonido con la mirada y vio a Otilia, de pie y visiblemente alterada. Frente a ella estaba sentada Carolina.

Hacía tiempo que no la veía. Otilia había dejado atrás sus ropas lujosas y volvía a vestir con la sencillez de antes. Por su parte, Carolina se veía mucho más demacrada. Quién sabe si habría ido a ver a su primer amor.

Era evidente que Otilia había buscado a Carolina para pedirle ayuda y salvar a Gabriel de una condena inminente.

Carolina rio.

—¿Y cómo podría ayudarlo yo?

—El abogado dijo que si Isabella firma una carta de perdón, el tribunal le dará una sentencia más leve.

—Entonces deberías buscar a Isabella, ¿qué haces buscándome a mí?

—Isabella no nos va a ayudar, pero tú puedes pedírselo a Jairo, y que él la convenza de firmar la carta.

Al oír esto, la mirada de Isabella se ensombreció.

Así que de eso se trataba. Al menos los Ibáñez esta vez habían tenido el buen juicio de no buscarla a ella.

—No quiero rogarle a nadie, y menos a Isabella —se negó Carolina.

—¡Tienes que ayudar a Gabriel! —insistió Otilia, desesperada.

—¿Y por qué?

—¡Porque… porque eres su amante!

Al oír eso, varios clientes voltearon a verlas.

Carolina, avergonzada, se levantó para irse, pero Otilia la detuvo.

—De verdad ya no sé qué hacer. Por favor, ayuda a Gabriel. Tú tampoco quieres que le den una sentencia dura, ¿o sí?

Carolina se soltó de Otilia.

—En primer lugar, yo no soy su amante, y él ni siquiera merece que lo llame mi amante. En segundo, ya no tengo nada que ver con él, ¡así que de nada sirve que me insistas!

Los clientes, alarmados, dejaron de comer y se arremolinaron a su alrededor. Los meseros, al ver la situación, llamaron de inmediato a una ambulancia.

Isabella apartó la vista y miró hacia la entrada. Julen por fin había llegado.

Vestido con ropa casual, se acercaba a paso lento, con una expresión relajada.

—Señora Crespo, espero no haberla hecho esperar mucho —dijo con una sonrisa amable.

Isabella miró su reloj.

—Lleva quince minutos de retraso.

La sonrisa de Julen se desvaneció un poco mientras se sentaba frente a ella.

—Además, no fui yo quien lo invitó a cenar, fue usted a mí. ¿Le parece apropiado llegar tarde? —levantó la vista hacia él, con una mirada penetrante.

Julen entrecerró los ojos y luego respondió:

—Disculpe, un asunto me retrasó.

***

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