Ese era el linaje y los contactos de los que tanto se enorgullecían. Pero no importaba. Si Isabella había llegado a donde estaba, lo que menos le faltaba era la capacidad de convertir lo imposible en posible.
Al día siguiente, Isabella fue con el equipo del proyecto al Grupo Gutiérrez. Eliana se excusó diciendo que tenía un compromiso y no asistió a la reunión, pero consiguieron la oportunidad de negociar más a fondo. En la segunda reunión, Eliana sí participó y durante todo el encuentro mostró su aprobación por la propuesta.
Durante las siguientes dos semanas, las negociaciones avanzaron y el panorama comenzó a aclararse.
Ese día, terminaron una junta casi al mediodía.
Isabella invitó a Eliana a comer. Acababan de bajar al vestíbulo cuando se toparon con Adriana, que entraba con cara de pocos amigos.
—Señora Gutiérrez, nuestras empresas habían estado negociando sin problemas. ¿Cómo pueden cambiar de actitud tan de repente y negarse a seguir hablando con nosotros? Además, llevo días intentando contactarla y siempre me dice que no tiene tiempo, pero ahora resulta que sí lo tiene, ¿verdad?
El tono de Adriana era agresivo. A Eliana le molestó, pero por respeto a la familia Méndez, no lo demostró demasiado.
—Señorita Méndez, debería entender que en una negociación, hasta que no se firma el contrato, siempre puede haber imprevistos. Además, apenas habíamos tenido un par de reuniones, ni siquiera habíamos profundizado en el tema, así que… —Eliana se encogió de hombros—. Dejémoslo así.
El rostro de Adriana se puso lívido.
—Entonces parece que alguien usó sus mañas para robarnos un proyecto que era nuestro.
—No se puede decir eso…
—Señora Gutiérrez, ¿puedo invitarla a comer?
Eliana tosió discretamente.
—Tengo… tengo un compromiso, me retiro.
Eliana le hizo una seña a Isabella y salió de prisa.
Como no pudo concretar la comida con Eliana, Isabella no vio la necesidad de quedarse más tiempo. Tenía que volver a la empresa cuanto antes para ajustar la propuesta y tratar de cerrarla en la próxima reunión con el Grupo Gutiérrez.
Rodeó a Adriana y se dirigió a la salida.
—Isabella, ¿qué clase de rencor me tienes para que insistas en quitarme lo que es mío? —le preguntó Adriana, apretando los dientes.
Isabella rio con ironía.
Isabella esbozó una sonrisa torcida.
—¡Señorita Méndez, nos vemos!
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue, sintiéndose completamente satisfecha.
Los días siguientes, Isabella siguió ajustando la propuesta y comunicándose activamente con el Grupo Gutiérrez.
Esa tarde, al salir del trabajo, recibió una llamada de un número desconocido.
Isabella contestó y, al escuchar la voz al otro lado, frunció el ceño.
Era Julen, el patriarca de la familia Méndez, el abuelo de Adriana.
—Señorita Quintero, ¿puedo invitarla a cenar?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...