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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 379

Los días siguientes, Isabella siguió yendo a trabajar como de costumbre, pero ya no volvió a la casa de los Domínguez ni al departamento de Jairo.

Iván, por supuesto, notó su extraño comportamiento, pero no le hizo muchas preguntas. Solo le dijo que si Jairo la había lastimado, debía decírselo y él la defendería.

Jairo no la había contactado, y ella tampoco a él.

De repente, un frío se instaló entre ellos.

Ese miércoles, Elías llegaría, así que Isabella se tomó el día libre para ir a recogerlo a la estación.

—¿No dormiste anoche? —fue lo primero que le preguntó Leandro al verla.

Isabella frunció los labios.

—Qué dices, si dormí de maravilla.

—¿Ah, sí? Tienes unas ojeras enormes.

Isabella sacó un espejo de inmediato para mirarse. Las ojeras eran bastante evidentes. No había dormido bien la noche anterior; de hecho, desde su pelea con Jairo, no había podido dormir bien. Por la mañana se había puesto corrector a propósito, pero no había servido de mucho.

—¿No me digas que te peleaste con mi cuñado?

El condenado chamaco era bastante atinado.

—Estuve trabajando hasta tarde, ¡no inventes!

—Si es que se pelearon…

—¡Te dije que no inventes!

—Digo, si es que pasó, ¡tú por nada del mundo debes ser la primera en ceder! Los hombres son así: si en la primera pelea tú das tu brazo a torcer, pensará que eres fácil de manipular, que no puedes vivir sin él. Y entonces empezará a buscar pleito por cualquier cosa, a ignorarte, para forzarte a que pidas perdón primero. Con el tiempo, se sentirá superior y te tratará como si fueras menos.

Isabella observó a su hermano hablar con tanta seguridad y no pudo evitar una mueca.

—¿Ya has tenido novia?

—No.

—¿Y de dónde sacaste todo eso?

—De las novelas.

—¡Lárgate!

Los hermanos bromearon un rato, lo que le levantó un poco el ánimo a Isabella.

—Tu papá solo me pidió que te dijera una cosa: que a partir de ahora, tú eres el único hombre de la familia Muñoz. Tienes que sacar adelante a la familia y cuidar de tu hermana.

—¡Papá! ¡Papá!

Leandro abrazó con fuerza la urna y rompió a llorar desconsoladamente.

Isabella sentía que todo a su alrededor daba vueltas, como un torbellino. No podía hablar, la respiración se le atoraba. Tambaleándose, retrocedió, pero alguien la sostuvo por detrás.

—Si quieres llorar, llora.

—Papá…

Por fin pudo hablar, pero una sola palabra fue suficiente para que se derrumbara.

Se aferró a Jairo, que estaba detrás de ella, y se entregó a un llanto desgarrador.

***

Jairo se encargó de organizar el funeral de Elías. Durante todo el proceso, Isabella estuvo en un estado de confusión, como si estuviera atrapada en un sueño donde nada era real.

***

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