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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 380

No fue hasta el momento en que la urna de Elías fue colocada en la fosa y estaban a punto de cubrirla con tierra, que volvió en sí. Cayó de rodillas y abrazó la urna.

—Papá, ¿por qué no me dejaste acompañarte en este último tramo? ¿Por qué te fuiste tan de repente?

Jairo se arrodilló a su lado.

—Papá, cumpliré lo que le prometí. No se preocupe, cuidaré de Bella. Toda la vida.

No mucha gente asistió al funeral de Elías. Óscar se encargó de acompañar a Leandro, mientras Jairo abrazaba a Isabella. Después de la ceremonia, el grupo comenzó a bajar de la colina.

Pero una persona se quedó atrás, con la mirada fija en la lápida junto a la de Elías.

¿Úrsula?

Rafael frunció ligeramente el ceño. Una extraña sensación lo invadió. Tras dudar un momento, se acercó para ver mejor la foto de la lápida.

¿Era ella?

Se parecía un poco, pero al mismo tiempo no.

La recordaba tan radiante y llena de vida, moviéndose por la universidad como un duendecillo feliz, o con un pincel en la mano, rodeada de paisajes y jardines, manchada de colores, pero siempre pintando con alegría.

La había visto llorar, pero incluso llorando era hermosa.

No, no era ella.

Con esa conclusión, Rafael sintió un alivio. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a bajar la colina.

***

Durante los días siguientes, Isabella vivió en una especie de neblina.

Esa noche, perdida en sus recuerdos, se quedó demasiado tiempo en la bañera, hasta que Jairo derribó la puerta y entró corriendo, alarmado.

—¿Qué… qué pasa? —preguntó ella, inocentemente.

Jairo, al ver que estaba bien, pasó del pánico a la ira. La sacó de la bañera de un tirón, sin siquiera secarla, la arrojó sobre la cama y se abalanzó sobre ella.

—Pensé en esperar un poco más, ¡pero parece que ya estás lista!

Isabella sintió un poco de miedo al ver a Jairo así y encogió el cuello.

—¿Lista para qué?

—¡Para ajustar cuentas!

—Esas palabras no las dije yo, fue…

—Ya hablé con mi madre. De ahora en adelante, no se meterá en nuestros asuntos.

—¿Ah, sí? ¿Qué le dijiste?

—¡Primero retira esas dos palabras y luego te cuento!

—Pero lo dicho, dicho está. ¿Cómo lo retiro?

—¡Lamiéndolo!

—¿Cómo se lame? —preguntó ella, sacando la lengua a propósito y lamiéndose el labio inferior.

Ese gesto fue la gota que derramó el vaso para Jairo. La besó con furia, mientras sus manos recorrían su cuerpo con una presión insistente.

Pronto, la astucia de Isabella se desvaneció y se olvidó de todo lo demás, reducida a suplicar clemencia.

—¡Me equivoqué! ¡No debí decir esas dos palabras! ¡Me… me arrepentí en cuanto las dije!

—¿Arrepentida? ¡Ja! ¡Te voy a enseñar las consecuencias de hablar sin pensar

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