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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 382

Jairo apoyó su frente contra la de Isabella.

—La vida es impredecible. Nadie puede anticiparla ni escapar de ella.

Isabella también comprendía el dolor que Jairo guardaba en su corazón, así que se acercó y le dio un beso.

—Cuando tenía ocho años, ese animal de Francisco… Vi con mis propios ojos cómo mi mamá lo mataba. La sangre me salpicó, olía horrible, a metal. Después de eso, anduve vagando por mucho tiempo, hasta que mi mamá salió de la cárcel. Cuando me dijo que se iba a casar otra vez, me aterré. Le rogué llorando que no lo hiciera. Porque en mi cabeza, todos los padrastros eran como Francisco.

—Pero mi mamá acababa de salir, estaba muy débil. Tenía miedo de morirse de repente y dejarme sola, desamparada, así que, a pesar de todo, se casó con Elías.

—Cuando recién llegamos a su casa, yo siempre cerraba la puerta de mi cuarto con llave, muerta de miedo de que entrara. Si me lo encontraba en la sala, a veces hasta me escondía debajo de la mesa del susto.

—Él actuaba como si estuviéramos jugando a las escondidas. Fingía que no me encontraba, decía que se rendía y luego dejaba la ropa, los juguetes y los dulces que me había comprado como premio en la puerta de mi cuarto.

Al irse de Nublario, tanto ella como su madre estaban llenas de miedo.

Pero poco a poco, una sonrisa empezó a aparecer en el rostro de su mamá, y ella también dejó de tener tanto miedo.

—Tiempo después, en ese pueblito se corrió el rumor de que mi mamá había matado a alguien. Mis compañeros de clase me insultaban, me decían que era hija de una asesina y ofendían a mi mamá. Yo no lo soporté y me peleé con ellos. Como les pegué muy fuerte, una niña terminó sangrando por la nariz. La niña le dijo a la maestra, y la maestra mandó a llamar a nuestros papás a la escuela.

—Elías no le dijo nada a mi mamá. Pidió permiso en la fábrica para ausentarse medio día y fue él. Por más que la maestra me preguntaba, yo no quería decir por qué lo había hecho, hasta que lo vi llegar con su ropa de trabajo manchada de aceite de motor. Ahí fue cuando sentí que ya no podía más. Pero él tampoco me preguntó nada, solo dijo que yo era una niña muy tranquila y que seguro la otra niña me había provocado primero.

—La mamá de mi compañera no paraba de reclamar. Elías pagó los gastos médicos, pero se negó a que yo me disculpara.

—Al salir de la escuela, me compró un algodón de azúcar, tan suave y dulce. Todavía recuerdo su sabor.

Mientras Isabella contaba su pasado, una lágrima se deslizó por el rabillo de su ojo.

—Descansa bien, en un par de días regresas a la oficina. —Cuando iba a levantarse, no pudo resistirse y le dio varios besos más.

—Gracias, mi amor.

—Esa palabra tampoco tienes permitido decirla.

—¡Qué mandón!

Después de unos minutos más de caricias, Jairo tuvo que irse.

Isabella durmió hasta el mediodía. Cuando se levantó y bajó las escaleras, se sorprendió al ver a Marcela en la sala.

***

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