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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 381

Esa noche fue muy larga…

Isabella se sentía como un pez en medio del océano, arrastrada por las olas que él provocaba hasta la cresta más alta, solo para caer en picada, sumergirse en la inmensidad, luchar y pedir auxilio. Justo cuando estaba a punto de ahogarse, finalmente lograba aferrarse a él.

Pero él era terriblemente cruel. Apenas le permitía un breve respiro antes de arrastrarla de nuevo a la tormenta.

—Estuvo mal…

Hacía rato que se había quedado ronca de tanto llorar, suplicando su compasión.

Sin embargo, él no la soltaba, susurrándole al oído mientras sus cuerpos se rozaban.

—¿En qué te equivocaste?

—No debí… pensar en eso… —sollozó.

—¿En el divorcio?

—Pero si tú me dijiste que no lo dijera…

—Esa palabra es como un puñal.

—Perdóname…

—Me lo clavaste.

—Snif…

—Pues ahora yo te lo voy a clavar a ti.

—No…

Sintió el filo una y otra vez, hasta que se quedó sin fuerzas siquiera para suplicar. Solo podía llorar, llorar hasta que se le secaron las lágrimas, y el cielo aún no amanecía.

De verdad le dio miedo. Nunca más se atrevería a decir esas dos palabras.

El castigo solo se detuvo cuando estaba a punto de desmayarse. Entonces, el hombre que hace un momento parecía haber enloquecido, la tomó con cuidado en sus brazos, la limpió y la llevó de vuelta a la cama, acurrucándola contra su pecho.

Apoyó la cabeza en su torso, escuchando el latido fuerte y rítmico de su corazón, y sintió ganas de llorar de nuevo.

—Tu mamá dijo que yo era mercancía defectuosa.

—Le dije que te amaba.

—También dijo que yo era una Cenicienta.

—Que eras la única para mí, para toda la vida.

—Dijo que era una ambiciosa.

—Que había perdido la cabeza por ti.

Isabella puso los ojos en blanco.

—No soy ninguna ladrona, ¿escaparme de qué?

—Claro que eres una ladrona. Me robaste el alma, pero ya no quieres este cuerpo que la envuelve. —Al decirlo, Jairo volvió a molestarse un poco.

Isabella lo besó rápidamente en la garganta.

—Ya sé que me equivoqué, no me lo estés echando en cara a cada rato, ¿sí?

—¡Hmph!

—Ese día sentí que el cielo se me venía encima. Justo cuando estaba a punto de aplastarme, apareciste tú y me ayudaste a sostenerlo.

Al recordar aquel día, la voz de Isabella todavía temblaba.

La muerte repentina de su padre había sido un golpe demasiado duro para ella.

—Ese día, mientras manejaba a la terminal para recoger a mi papá, iba pensando si ya tenía todo lo necesario en la casa que le preparé. Pensaba en cocinarle un par de platillos para el almuerzo, en quedarnos platicando hasta tarde en la noche, en tomarme unos días libres para llevarlo a pasear por Nublario. Pensaba en tantas y tantas cosas que haríamos juntos.

—Pero en el instante en que vi la urna con sus cenizas, supe que ya no habría un después.

—Fue como cuando mi mamá se fue de repente. Ni siquiera tuve tiempo de decirle un «lo siento».

***

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