Temas como «Rafael no olvida a su primer amor», «Ivana vive a la sombra de la amada de su esposo» y «¿Quién es en realidad Aurora?» inundaban la red. Isabella los revisó y frunció el ceño.
La pelea de la pareja había terminado por salpicar a su madre, convirtiéndola, según los internautas, en la causa de su crisis matrimonial. Algunos decían que Rafael llevaba tiempo queriendo divorciarse para buscar a Aurora; otros, más atrevidos, sugerían que ya estaban juntos en secreto. Y no faltaban quienes llamaban «amante» a Aurora.
Al leer esto, el rostro de Isabella se ensombreció.
—La señora Méndez ya salió a desmentirlo. Dijo que su relación con Rafael es muy buena, que los rumores de divorcio son falsos y que demandará a quienes los difundieron —le leyó Sara una publicación de Ivana.
Isabella respiró hondo. Ivana solo había negado la crisis matrimonial, pero no había aclarado que su madre no era la tercera en discordia.
—Por la tarde, Rafael tiene una transmisión en vivo para una marca, y será desde su casa —Sara encontró otra noticia—. A esta hora y desde casa, seguramente quieren mostrarse como una pareja feliz ante los internautas para mejorar la imagen de Rafael. Muchos ya lo están llamando patán.
—¿Por la tarde? ¿En la casa de los Méndez?
Isabella empezó a maquinar. Adriana le había robado su proyecto, Julen había amenazado a Iván con tácticas sucias y lo de ayer… ya era hora de ajustar cuentas.
Y lo más importante, la verdad del pasado tenía que salir a la luz.
Aunque su madre ya no estuviera, ella se encargaría de hacer justicia.
—Por la tarde saldré un momento.
***
La mansión de la familia Méndez estaba en el corazón de Nublario, una casona antigua de los años cincuenta o sesenta, con la bulliciosa calle justo enfrente y el río a poca distancia.
En esa calle había seis mansiones como esa, la mayoría heredadas, imposibles de comprar ni con todo el dinero del mundo.
Isabella estacionó su carro y caminó hasta la entrada de la mansión Méndez. En lugar de tocar el timbre, llamó a Rafael por teléfono.
—¿La señora Crespo aceptó prestarme las pinturas? —preguntó Rafael, emocionado.
—Sí.
—¡Qué maravilla! Dime cuándo te viene bien y paso a recogerlas.
—Ya las traje.
Isabella le dijo a la empleada que no se preocupara y se dirigió hacia el jardín trasero de la casona.
Aquella vez, siendo una niña pequeña, se había parado frente a esa puerta, mirando la hermosa casa, dudando si se había equivocado de lugar.
¿Su padre biológico era rico?
Si era tan rico, ¿por qué las había abandonado a ella y a su madre? ¿Por qué no les había dado un poco de dinero para que su vida fuera más fácil?
Cuando la hicieron pasar, lo primero que vio fue un castillo de princesa. Fue entonces cuando supo que en esa casa ya había una hija, y por eso no la querían a ella.
Ahora, el castillo de princesa ya no estaba. En su lugar había una sombrilla de jardín con una tumbona debajo. Seguramente Adriana se recostaba allí en las tardes soleadas para leer o simplemente disfrutar de la vida.
Alguna vez la había envidiado. Ahora ya no.
Pero no debieron meterse con ella.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...