El presentador estaba tan metido en el chisme que Rafael tuvo que hacerle varias señas para que reaccionara y le ordenara al personal que cortara la transmisión en vivo.
Pero, al ser en directo, esa parte ya se había emitido y no había forma de retractarse.
Isabella, con su objetivo cumplido, se dio la vuelta para marcharse.
—¡Zorra! ¡Y todavía te atreves a venir a pavonearte a mi casa, como si fuéramos cualquier cosa! —Marina se levantó de un salto y comenzó a insultarla.
Isabella la miró, rebuscó en su memoria y enarcó una ceja.
—Tú debes ser la señorita Marina, a la que su prometido encontró en la cama con otro, ¿verdad?
—¡Si vuelves a decir una sola palabra, te voy a partir la boca! —gritó Marina, furiosa.
Isabella chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—La señorita Adriana, codiciando al marido ajeno. La señorita Marina, revolcándose con otros hombres a pesar de estar comprometida. ¿Así es como educan a las nuevas generaciones en la familia Méndez? ¿O será que de tal palo, tal astilla?
—¡Insolente! —Julen golpeó la mesa con fuerza y fulminó a Isabella con la mirada—. ¡Ni tu suegro se atreve a ponerse impertinente conmigo, y tú quién te crees que eres!
Isabella entrecerró los ojos.
—Que el señor Méndez eche en cara sus favores es una cosa, pero que además recurra a tácticas rastreras para amenazar a mi suegro… ¿Acaso se cree merecedor del título de «hombre honorable»? ¿Y usted quién se cree que es? Ah, sí, un viejo decrépito.
—Tú, tú… —A Julen le temblaba hasta el último músculo de la cara por la furia.
El rostro de Isabella era una máscara de sarcasmo. En ese momento, Adriana no pudo más, se abalanzó sobre ella y levantó la mano para abofetearla.
—¡Isabella!
Isabella esbozó una sonrisa burlona. Con una mano, detuvo el brazo de Adriana y, con la otra, le soltó una bofetada.
El sonido seco resonó en la habitación.
Los Méndez se quedaron paralizados por un instante.
Adriana, más que nadie. Jamás imaginó que Isabella se atrevería a pegarle.
—¡Maldita zorra, te atreviste a tocar a mi hija!
Rafael intentó replicar, pero Camilo lo apartó de un tirón.
—Hermano, ¿qué te pasa? ¿Cómo puedes defender a una extraña? ¡Se lo tiene bien merecido! ¡Atreverse a hacer un escándalo en nuestra casa! ¡Si no le damos una paliza que no olvide, no aprenderá la lección!
—¡Suéltame!
Rafael, siendo actor, mantenía una figura esbelta para sus papeles, por lo que no podía compararse en fuerza con el corpulento Camilo, quien lo arrastró sin dificultad.
Julen aprovechó la oportunidad para acercarse a Isabella, que todavía veía estrellas, y la azotó varias veces con el cinturón.
—¡Te atreves a meterte con mi nieta!
—¡Hace tiempo que quería darte tu merecido, y hoy tú misma te lo buscaste!
—¡Voy a enseñarte que con los Méndez, y en especial con mi nieta, no se juega!
Un golpe tras otro…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...