El cuerpo de Isabella parecía haberse quedado rígido, incapaz de reaccionar. Su mente se inundó con imágenes de Francisco Benítez, borracho, golpeándola.
«¡Eres la bastarda que tu madre tuvo con otro hombre!».
«¡Tu padre te abandonó y me dejó la carga de criarte! ¿Y yo por qué?».
«¡Pequeña bastarda, te voy a matar a golpes!».
Francisco la golpeaba porque no era su hija biológica.
Julen la golpeaba porque ella había agredido a su nieta adorada, pero…
¡Por sus venas también corría la sangre de él!
El dolor de los cinturonazos era algo que Isabella casi había olvidado, pero Julen se lo recordó, y el dolor regresó con fuerza.
Isabella apretó los puños con furia. Cuando el cinturón volvió a descender, lo agarró con fuerza y, a pesar del dolor desgarrador que sintió en el cuerpo, tiró de él hasta arrebatárselo.
Entonces vio a los Méndez, juntos. Uno, dos, tres… los nueve miembros de la familia Méndez, de pie frente a ella. Todos apretaban los dientes, con una furia asesina en la mirada, como si quisieran aniquilarla. En sus ojos también había arrogancia y satisfacción, como si acabar con ella fuera tan simple como aplastar una hormiga.
Isabella se rio. Soltó una carcajada.
Sacó su celular, se dio la vuelta y se tomó una foto, capturando tanto su rostro y cuerpo heridos como a la familia Méndez detrás de ella. La imagen mostraba con claridad la crueldad de los Méndez y las marcas en su piel.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ivana con dureza.
Isabella volvió a mirarlos.
—Quiero guardar un recuerdo.
—Ja, más vale que lo guardes, así no volverás a atreverte a meterte con nosotros, los Méndez.
Isabella esbozó una sonrisa y musitó en silencio: «La familia Méndez está acabada».
—Maldita zorra, parece que no has escarmentado. ¡Sigan pegándole!
La mirada de Isabella se volvió gélida. De un solo movimiento, volteó la mesa del comedor. Los platos se hicieron añicos contra el suelo, y con un latigazo del cinturón, tumbó el cuadro que colgaba de la pared.
Otro estruendo.
Sin embargo, Julen pareció recapacitar.
—Yo soy su mayor, solo le estaba enseñando un poco de disciplina. Los Crespo no son tan insensatos como para no entenderlo, pero, al fin y al cabo, hay que guardarles un poco de respeto.
Apenas terminó de hablar, se escuchó un estruendo proveniente de la sala. La familia Méndez corrió a ver qué pasaba y encontró a Isabella destrozando el lugar.
—¡Qué arrogancia la suya! Yo…
Camilo estaba a punto de intervenir, pero Julen lo detuvo con la mirada.
—¡Déjala que rompa todo!
—¡Papá!
—Cuando los Crespo nos pregunten por qué le pegamos, diremos que fue porque ella empezó a destrozar nuestra casa. Así no tendrán nada que reprocharnos —dijo Julen, entrecerrando los ojos.
Ivana sonrió con frialdad.
—Qué estúpida. Que siga rompiendo. ¡Ya después le pasaremos la cuenta a los Crespo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...