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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 407

Esas palabras lograron detener a Jairo, pero tras un momento de reflexión, ignoró a Adriana y subió a Isabella al carro.

Sin embargo, Adriana no se rindió. Corrió hacia el lado de Jairo y golpeó la ventanilla.

—¡La muerte de tu hermana no tuvo nada que ver conmigo, soy inocente! ¡Pero tú me odias, te alejas de mí e ignoras mis sentimientos! ¡No es justo!

—Estoy buscando al verdadero culpable de la muerte de tu hermana. ¡Cuando lo encuentre y te lo entregue, dejarás de odiarme y te arrepentirás de haberme dejado para casarte con Isabella!

—¡Jairo, baja del carro! ¡Puedo decirte ahora mismo quién es el culpable!

Isabella escuchaba las palabras casi delirantes de Adriana y sentía un escalofrío recorrerle la espalda.

No sabía por qué.

Jairo siguió ignorándola y arrancó el carro.

Justo cuando Isabella pensaba que no le importaban las palabras de Adriana, él dio un giro brusco y condujo hasta la puerta trasera de la mansión Méndez, deteniéndose a varias decenas de metros de distancia.

No se atrevía a acercarse más, temiendo revivir aquellos recuerdos. Pero incluso desde esa lejanía, su corazón debía de estar doliendo intensamente.

—Ese día, los truenos retumbaban con fuerza. El viento y la lluvia eran muy intensos —dijo en voz baja.

Isabella siguió su mirada. En su mente, recordó el día en que ella misma había llegado a la mansión Méndez: también había sido un día de tormenta, con truenos, viento y lluvia torrencial.

La habían llevado adentro, la habían insultado y tratado con desprecio, y luego la habían echado.

Sí, la habían echado fuera.

Como a una muñeca de trapo, arrojada en el lodo…

—Justo al lado de la reja de hierro, había un sicómoro muy grande —dijo Jairo con voz grave.

Isabella también intentó recordar. ¿Ese árbol seguía allí el día que la echaron? Se esforzó por visualizarlo, pero no pudo. Ese día le habían ocurrido demasiadas cosas, cada una más devastadora que la anterior. La presencia o ausencia de un sicómoro era lo de menos.

—Soportó la tormenta, pero se derrumbó cuando el cielo ya se había despejado.

Isabella exhaló un suspiro.

—Fue un accidente.

Aun siendo consciente de la crudeza de esas palabras, no quería que Jairo se culpara.

Esa persona sería el «culpable».

Isabella se giró y abrazó a Jairo, besándolo con ternura. La muerte de Lilia había sido, evidentemente, una tragedia causada por una serie de desafortunadas coincidencias. Si se buscaba un culpable, todos los que formaron parte de esas coincidencias lo eran y, a la vez, no lo era ninguno.

Pero alguien tenía que cargar con la responsabilidad. Durante los últimos veinte años había sido Iván. ¿Quién sería el siguiente?

—Vayamos a buscar a Adriana para que nos lo aclare ahora mismo —propuso ella.

Jairo, sin embargo, negó con la cabeza.

—Si le preguntamos ahora, no dirá nada. Pero ya que ha empezado a buscar a esa persona, en cuanto la encuentre, nos lo dirá.

Isabella estuvo de acuerdo. Dada la obsesión de Adriana con Jairo, en cuanto encontrara a esa persona, se la llevaría de inmediato para mitigar el odio que él sentía por ella.

Pero cuando esa persona finalmente apareciera, seguramente desataría otra tormenta.

***

Isabella y Julen acordaron que, tres días después, el abogado de él la buscaría con el contrato de cesión de la mansión Méndez. Tras un complicado proceso, el título de propiedad de la mansión finalmente quedó en sus manos.

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