Al ver el video, el rostro de Julen se tornó pálido como la cera. Intentó arrebatarle el celular, pero Isabella no se lo permitió.
Guardó el teléfono de nuevo en su bolsillo.
—Si publico este video en internet…
—¡No te atrevas!
—¡Entonces todo el mundo verá la verdadera cara de los Méndez! Esos rostros desfigurados por la maldad, como espectros, dan tanto miedo como asco.
Julen jadeaba de la rabia. No podía creer que, después de tantos años en el mundo de los negocios, sorteando incontables tormentas, ahora estuviera acorralado por una joven como ella.
—Ya te lo dije, si me hundo, te llevo conmigo…
—Adelante, vaya y dígale —dijo Isabella, encogiéndose de hombros.
—¿Cómo te atreves a dejar que le diga? Tú…
—Usted sabe perfectamente que la hipnosis es solo temporal. Tarde o temprano lo recordará. Siendo así, estoy dispuesta a acompañarlo en el momento más difícil. Pero, ¿cuántos días le quedan a usted? ¿Está seguro de que quiere manchar su reputación al final de su vida?
Isabella hablaba con una confianza que en realidad no sentía. Por un lado, no quería que Julen le contara la verdad a Jairo, temiendo que no pudiera soportarlo. Por otro, entre el rugido de las excavadoras, Rafael seguía de pie bajo uno de esos gigantescos brazos de metal. Si ocurría un accidente…
—Tú… ¿qué es lo que quieres para que lo convenzas de detenerse?
Julen había cedido.
El corazón de Isabella, que tenía en un puño, por fin se le sosegó.
Volvió a mirar a Julen.
—Usted me dio una bofetada y me azotó diez veces con el cinturón.
—¿Y?
—¡Permítame devolvérselos!
—¡Imposible! Soy tu mayor. ¿Dejar que una jovencita como tú me golpee? ¿Cómo podría volver a mostrar la cara en público?
—Entonces, ¿demolemos la casa?
Le dio a Julen diez minutos para pensarlo. Después de eso, frente a Jairo, él se inclinó ante Isabella en señal de disculpa, y el resto de los Méndez hicieron lo mismo.
Aunque era evidente que ninguno de ellos estaba conforme, en especial Adriana.
Isabella, con un gesto magnánimo, les hizo saber que los perdonaba.
—Cariño, ya déjalo. No vamos a demoler la casa, es mucho esfuerzo —dijo, tomando a Jairo del brazo.
Jairo sabía que ella había negociado con Julen. Mientras el resultado la satisficiera, la casa podía quedarse en pie.
—Julen, que no se repita. Porque la próxima vez, no solo demoleré su casa, sino que le desentierro hasta los muertos —dijo Jairo, arrojando su cigarro al suelo y aplastándolo con el pie antes de irse con Isabella.
Julen tenía una cara de pocos amigos. Al final, había subestimado la importancia que Isabella tenía para Jairo, pensando que él no rompería relaciones con los Méndez por ella. Pero el resultado fue que Jairo les había pisoteado el orgullo sin la menor contemplación.
Los ojos de Adriana ardían de rabia. Dio dos pasos hacia adelante.
—Jairo, si me tratas así a mí y a mi familia, ¡es porque estás convencido de que nosotros matamos a tu hermana! ¡Pero somos inocentes! La persona que la mató fue otra, ¿quieres saber quién?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...