Jairo: [Bien.]
Isabella: [Te extraño mucho ahora mismo.]
Jairo: [Ajá.]
Isabella: [Y en un rato te voy a extrañar más.]
Jairo: [¿Ah, sí?]
Isabella: [Hoy comí un postre, ¿adivinas cuál?]
Jairo: [¿Cuál?]
Isabella: [Tú. Se me antojas tú.]
Jairo: [Ja.]
Isabella bufó. El hombre seguía sin morder el anzuelo.
Tomó aire y continuó con su ofensiva.
Isabella: [Mis pensamientos sobre ti ya no son nada inocentes.]
Jairo: [¿Y entonces?]
Isabella: [Hasta cuando como un plátano me acuerdo de ti.]
Después de enviar ese mensaje, se cubrió la cara con la cobija, sonrojada, pero del otro lado ya no hubo respuesta.
***
—¡Eres un desgraciado sin corazón, capaz de traicionar hasta a tu propio tío! ¡Pues me mato aquí mismo, a ver cómo se ríe la gente de ti!
Jairo cerró el celular rápidamente para no soltar una carcajada mientras su tío amenazaba con suicidarse. Apretó los labios y, al levantar la vista, su expresión era gélida.
—Gracias por preocuparse por mí, tío, pero no me importa que se rían. Así que, adelante.
Leonardo Crespo jadeaba de rabia, señalando a Jairo con el dedo, pero bajo su mirada fría, instintivamente, retiró la mano.
Le tenía miedo a su sobrino. A sus cuarenta años, la peor paliza que había recibido se la había dado él.
Leonardo era un busca pleitos, pero cuando Jairo se enfadaba, no respetaba a nadie.
—Soy… soy tu tío, ¡somos familia! ¿Cómo pudiste hacerme esto? —dijo Leonardo, al borde de las lágrimas.
Su padre lo consideraba un inútil, su hermana suspiraba cada vez que lo veía, y su esposa e hijos sentían vergüenza de él. Pero es que siempre tenía mala suerte: empresa que tomaba, empresa que se iba a la quiebra. No era su culpa.
Después de unos años de desánimo, finalmente había reunido el valor para volver a sus días de gloria, pero una pequeña empresa recién surgida lo aplastó sin que pudiera defenderse.
Jairo se frotó la frente.
—Lo digo para que no hagas el ridículo.
—Soy la víctima, estoy defendiendo mis derechos. ¿Por qué haría el ridículo?
—¿Aún no te has visto en un espejo?
—¿Por qué tendría que hacerlo? ¡Mi cara sigue siendo muy atractiva!
—Me refiero a tu trasero.
—¿Eh?
—Anda, ve a verlo.
Leonardo no quería hacerle caso a Jairo, pero la verdad es que el trasero le dolía bastante. Dudó un momento y finalmente fue al baño.
Mientras Leonardo entraba, Jairo se levantó, exasperado. Justo entonces, se escuchó un grito desde el baño.
—¡¿Quién demonios me tatuó en el trasero?! ¡«Infiel»! ¡¿Qué maldita mujer fue?!
Jairo subió a ver a su madre, que ya estaba dormida. Sintiéndose más tranquilo, bajó y se fue en su carro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...