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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 417

Isabella metió todo de vuelta en la caja de cartón a toda prisa, incluso buscó cinta adhesiva para sellarla y la empujó de nuevo al rincón.

Estaba asustada, nerviosa, pero no se atrevía a pensar demasiado en ello.

—¿No decías que íbamos a salir a cenar?

Miró a Jairo, pero notó que su expresión no era buena.

—¿Estás cansado? La empresa debe tenerte muy ocupado últimamente. ¿Qué tal si mejor comemos en casa? Pero tengo que avisarle a Elena, por la tarde le dije que no preparara la cena para nosotros —dijo mientras se levantaba.

Jairo la tomó de la mano, guardó silencio por un momento y luego, levantando la vista, le sonrió.

—Mejor salgamos. Ya reservé en un restaurante.

Al ver a Jairo sonreír, Isabella sintió un gran alivio.

—Claro que sí.

Isabella fue a cambiarse de ropa. Jairo salió a la terraza, encendió un cigarro y le dio varias caladas profundas. Luego, sacó su celular y llamó a Facundo Prado.

—Necesito que investigues a alguien.

—Dime.

Jairo estuvo a punto de decir «Úrsula», el nombre de la madre de Isabella, pero al voltear y ver a Isabella, ya vestida y esperándolo con una sonrisa radiante, las palabras se le atoraron en la garganta.

—Olvídalo.

—¿Pasó algo por allá?

—No, nada. Adiós.

Jairo colgó, dio otra calada profunda al cigarro y exhaló el humo lentamente. Decidió enterrar la semilla de la duda en lo más profundo de su ser, para no dejarla crecer.

***

Cenaron en el restaurante. Al salir, el viento había empezado a soplar. En el sendero cercano, bordeado de árboles de ginkgo, caía una nieve dorada.

Isabella corrió hacia allí, recogió un puñado de hojas del suelo, las lanzó al aire y giró de alegría. Luego, corrió hacia adelante, intentando atrapar las hojas que danzaban en el aire.

Una sonrisa se dibujó en los ojos de Jairo. Se acercó a grandes zancadas, la tomó de la mano y la apretó con fuerza, como si temiera que se convirtiera en una mariposa y se fuera volando.

Isabella se acurrucó en su abrazo, quejándose del frío.

Jairo, con ternura, la envolvió en su abrigo y le dio un beso en la frente.

—¿Todavía tienes frío?

Isabella apoyó la cabeza en el hombro de Jairo y dijo con voz mimosa:

—Todavía tengo frío.

Jairo la rodeó con el brazo por la cintura, pegándola más a él.

Después de desayunar, fue a la empresa. Tuvo una mañana ajetreada y, después de comer, justo cuando pensaba descansar un poco, Óscar la llamó.

—Cuñada, ¿podrías darle un mensaje a mi hermano de mi parte?

Isabella sonrió.

—¿No puedes llamarlo tú mismo?

—No me atrevo.

—¿Volviste a meterte en problemas?

—Me voy a ir.

Isabella se quedó helada.

—¿A dónde vas?

—No lo sé, todavía no lo he decidido.

Isabella se incorporó de golpe.

—¿Dónde estás ahora?

—Por favor, dile a mi hermano que ya no quiero a mi mamá, ni quiero nada de la familia Crespo. Pero a él todavía lo quiero. Sin embargo, si me quedo aquí, me volveré loco. Me voy, me iré muy lejos y no volveré nunca más.

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