El rostro de Rafael era una máscara de furia. Señaló el jardín que una vez cuidó con tanto esmero y gritó:
—¡Y yo seguía esperando que apareciera! ¡Soy un imbécil, soy un chiste!
Isabella respiró hondo.
—¿Les crees a ellos y no a ella?
—¡Ella misma lo admitió!
—Tenía sus razones. No tuvo otra opción.
—¿Y qué dice la prueba de ADN?
—La prueba puede ser falsa.
—¡Ja! —resopló Rafael—. ¿Dices que la prueba es falsa? ¿Qué te hace estar tan segura? ¿Acaso eres Aurora?
—Yo...
—¡Mi padre supervisó esa prueba personalmente!
…
Isabella apretó los labios. «Si Julen la supervisó... ¿significa que él la falsificó?».
Rafael se cubrió el rostro y respiró profundamente, esforzándose por recuperar la calma.
—Disculpa, perdí los estribos.
—Señor Méndez, aun así, espero que pueda creer en Aurora.
—Ella ya falleció. El pasado es pasado, no quiero hablar más del tema.
—Pero...
—El cuadro que te presté, te lo devolveré lo antes posible.
—¿Ya no vas a organizar la exposición para ella?
—No. No se lo merece.
Tras decir eso, Rafael no sintió alivio, sino una tristeza aún más profunda. Sus ojos se humedecieron. Quizás por temor a perder la compostura frente a Isabella, forzó una sonrisa, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa.
En realidad, Isabella había estado a punto de decirle que ella era la hija de Aurora, y por lo tanto, su hija también. Pero al escuchar que Julen había supervisado la prueba, prefirió guardar silencio.
Antes de revelar su identidad, quizá debería averiguar por qué Julen había hecho algo así.
Si hubiera sido Ivana, lo entendería; todo por asegurar la posición de su propia hija en la familia Méndez. Pero, ¿Julen? ¿Por qué alejaría a alguien de su propia sangre, incluso a costa de herir a su hijo?
Debía de haber una razón.
—¿Crees que no puedo encontrarte?
—No tiene caso.
—¡Te voy a ver hoy, quieras o no!
Isabella guardó silencio un largo rato, pero al final le envió su ubicación a Jairo.
—Aquí te espero.
Jairo llegó muy rápido. Entró corriendo en la casa, desafiando la lluvia. En el instante en que la vio, sus ojos se enrojecieron. La miró fijamente, dejando que el agua de la lluvia le nublara la vista.
Isabella tomó una toalla para secarlo, pero él le sujetó la mano con fuerza.
—¿Por qué no contestabas mis llamadas?
—Ambos necesitamos calmarnos.
—¿Quieres huir?
…
—¡Ni lo pienses!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...